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By / Por: Eladio LADRÓN DE GUEVARA Fernández
El Estado moribundo
El Estado se enfrenta a sus más profundas contradicciones en este nuevo siglo. Tan poderoso como siempre o más, se ve sin embargo incapaz de ejercer su poder como antaño porque se lo impiden su deslegitimación social y la organización autónoma de los individuos al margen de las instituciones.

Si el fin de la política es la libertad, y si ésta constituye el bien fundamental que le es dado ambicionar al hombre (fuera de la vida misma), habrá que convenir en que el Estado como instrumento social y político, como administrador, está hoy en día en bancarrota. El Estado es ahora mismo, partiendo de una visión realista y pragmática, el mayor obstáculo que debe rebasar la sociedad en su irrevocable camino hacia el progreso. Lo estatal es ya sinónimo de cerrazón, de anquilosamiento; la paternalista política de Estado que durante la mayor parte del siglo XX ha sufrido la sociedad civil, ha traído como consecuencia que la gente, el ciudadano común, de a pie, -último reducto de lo real- desconfíe instintivamente de los políticos en particular y de la política en general. Así, se puede observar sin necesidad de mayor esfuerzo cómo el abstencionismo electoral y la apatía generalizada ante el discurso oficial -estatal- terminan siendo el pan nuestro de cada día. Lo político ya no es tomado en serio. El Estado, como institución política o administrativa, muchísimo menos.

El siglo pasado fue testigo de la desconstrucción del individuo a manos del Estado, de su paulatina y en muchos casos involuntaria declinación. El Estado se impuso al ciudadano de interviniendo y administrando aquí y allá, chantajeando, subvencionando, "ayudando" a éste en detrimento de aquél, ofreciendo bienes y servicios de los que no era el legítimo dueño o que no supo manejar con racionalidad, creando toda una casta burocrática interdependiente e ineficaz, controlando los medios de difusión masiva y la cultura en su conjunto. Los instrumentos de que se valió para alcanzar su objetivo son innumerables. Y sin embargo, con el fin de la era moderna -fin del comunismo-, el Estado ha pasado a ser y significar un impedimento. Ya no existe como salvaguardia de una soberanía a todas luces irreal, y cada vez es más ineficiente (volcado como está en sus labores administrativas) a la hora de brindar seguridad. El ciudadano común percibe que a las tradicionales fuerzas del mal que desde siempre le acechan, se ha sumado el Estado. Ya éste no ofrece garantía o protección suficiente: se ha convertido en un enemigo más que lo extorsiona a mansalva mientras se muestra incapaz de hacer cumplir las reglas del juego.

Sí el Estado administrador debe pasar -y en muchos casos está pasando- a mejor vida, el Estado como autoridad soberana naufraga en el extenso mar de la globalización. Como ha escrito el profesor español Dalmacio Negro, "jurídicamente, ningún Estado es ya soberano, ni siquiera Norteamérica, obligada por tratados y convenciones internacionales. Tampoco es ya el Estado el único sujeto de las relaciones y del derecho internacional: lo son también de hecho y derecho grupos o entidades no estatales y, de acuerdo con la ideología de los derechos humanos, los individuos. Además, los propios Estados se insertan en grupos más amplios como la Unión Europea, renunciando expresamente en todo o en parte a la soberanía que, sin embargo, según su doctrina, es única e inalienable". La idea del Estado como garante de la raza o la patria (un término ya demasiado vetusto como para resultar atractivo) empieza a parecer utópica; el libre flujo de capitales y personas -éste último en progresiva expansión- acabará por hacerla ridícula. En un mundo en el que la revolución científico-técnica relaciona a los ciudadanos con instantánea celeridad, que lo hace con independencia de ideologías, nacionalidades y fobias, el Estado aparece como una institución decrépita, antidemocrática: moribundo, subsiste arrastrándose sobre los restos de la sociedad que alguna vez llegó a controlar, una sociedad que ya no es lo que era, que se descompone por fin en fragmentos disímiles, fundacionales. Una sociedad que se hace individuo.

No es lo mismo la disolución que la desconfiguración del Estado. La disolución se refiere a los contenidos, concretamente a la serie de actividades que ha controlado en exclusiva y cuyo monopolio está perdiendo o ha perdido ya. La desconfiguración, a los aspectos formales que constituyen la estatalidad. Las causas principales de su desconfiguración son los siguientes: 1. Agotada la época moderna (1989), se agotan sus instituciones características, entre ellas el Estado. 2. Al cambiar sustancialmente la sociedad, la forma política concebida para su estabilidad y seguridad ha de cambiar con no menor radicalidad. La primera pertenece a la lógica de lo histórico. La segunda se asienta en hechos políticos concretos que pueden sintetizarse en la desaparición de la soberanía, que es la esencia o alma de la estatalidad.

La soberanía se proyecta hacia el exterior y el interior del grupo político; tiene dos aspectos: la soberanía política y la jurídica. La política es una cuestión fáctica: es soberano el poder que, en una constelación política dada, manda en un territorio, sometiendo a los poderes internos, y lo cierra a los externos. La jurídica es la potestad y capacidad de hacer y dar leyes.

En el plano externo, sólo existe hoy una constelación política mundial. Norteamérica es en ella el único poder capaz de decidir, principalmente sobre la guerra y la paz, y de mandar y ordenar en consecuencia. La paz es, velis nolis, una pax americana.

En el plano interno, los Estados apenas son soberanos. En teoría, sólo ellos pueden decidir, pero han de hacerlo con sujeción a los acuerdos internacionales, los Derechos Humanos, la opinión pública nacional e internacional, etc. Por otra parte, el fin político del Estado es dar protección y seguridad. Pero está debilitándose políticamente y resulta muy difícil gobernar: la escasez de la vida política resta vigor al Estado, que cada vez protege menos lo elemental: empieza a no controlar el orden público y numerosos poderes indirectos legales e ilegales (los propios partidos) lo corroen internamente, rompiendo la unidad del poder. Lo disimula el "consenso" que consagra la oligarquía de los partidos; mas la partitocracia no representa en el Estado las verdaderas inquietudes de la sociedad: pasan por tales lo que le interesa a aquélla, y los gobiernos, pendientes de la opinión, en lugar de dirigirla la manipulan. Y la ciudadanía decae: los Estados tienen controlados como nunca a sus súbditos, contra los que pueden proceder individualmente o por grupos, aisladamente, aplicando la legalidad; por ejemplo, se ha hecho de la fiscalidad un medio legal inquisitorial para controlar a las masas sin necesidad de la policía.

Jurídicamente, desde el punto de vista de la soberanía legislativa, el Estado legisla continua y contradictoriamente, creando la legislación una situación de incertidumbre permanente. La mínima seguridad jurídica que se espera del Estado soberano es la protección de la vida y la propiedad. En cambio, según la legislación estatal, la vida puede depender del arbitrio particular (aborto, eutanasia), mientras el Estado ha devenido de hecho, a través de controles directos y del fisco, el único propietario legal: aumenta la gran propiedad rentable en manos de poderes indirectos, decrecen la mediana y la pequeña productivas y una gran mayoría vive directa o indirectamente del Estado como si estuviera formada por funcionarios. El mismo arbitrio judicial, fundamental para el prestigio y la salud del Estado y la seguridad ciudadana empieza a ser otra fuente creciente de incertidumbre.

En fin, como el Estado, que es un uso social, incumple sus fines mínimos, es lógico que haya decaído la creencia en él. Mas la vida de los usos y de las instituciones depende de la creencia en su carácter objetivo y benéfico.

Article File / Ficha del Artículo
 Title: /  Título: El Estado moribundo
 Language: /  Idioma: Spanish / Español
 Author: /  Autor: Eladio LADRÓN DE GUEVARA Fernández
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Historiador y ensayista puertorriqueño.
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Opinion article / Artículo de opinión
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 Classic text /  Texto clásico
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