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By / Por: Paulo Javier RIVAMAR
¿Cómo superar el rechazo?
Superar el evidente rechazo de los jóvenes hacia la política no es posible desde el marco conceptual moderno, porque los jóvenes se hallan plenamente inmersos en la postmodernidad, con sus valores, mecanismos y reglas de juego. Sólo pasando de la política convencional a una nueva política acorde con los tiempos se podrá implicar a los jóvenes en la gestión de la sociedad.

El siglo XX ha visto nacer las más diversas interpretaciones de la realidad social, económica, política y cultural. Los distintos países y sociedades han dado cobijo a las ideas más dispares, y en este contexto tan heterogéneo, hasta hace apenas unas décadas, los jóvenes luchaban por sus ideales políticos y por la participación, frente a sistemas que les oprimían y hasta les negaban. Existía una conciencia social que buscaba principalmente la libertad de los individuos para armar sus propios proyectos de vida sin condicionantes externos que les privaran de su condición de seres independientes y racionales. Indudablemente, nuestro contexto ha cambiado por el proceso de globalización económica y cultural, que ha producido transformaciones vertiginosas en este fin de siglo. Las actitudes individuales también han cambiado, y específicamente entre los jóvenes, que presentan hoy una fuerte indiferencia ante lo político. Hoy vivimos un clima de "democratización" -que las generaciones anteriores anhelaron y por el que lucharon-, pero paradójicamente los jóvenes actuales rechazan la política. Cabe por tanto, cuestionarse qué entienden los jóvenes por política, cómo tendríamos que reconceptualizar el término, por qué rechazan los jóvenes todo lo relacionado con la política y cómo superar ese rechazo.

Hacia un concepto de política

Históricamente se ha definido a la política como "el arte o la ciencia de gobernar los Estados", allí donde el poder del Estado estaba reservado a las elites y el común de las personas no tenía participación alguna, pero esta definición está obsoleta y su inpracticidad muestra la nueva esencia de la política como algo que atañe a todos los ciudadanos, como una actividad necesaria dirigida a la participación individual en las discusiones y en el proceso de toma de decisiones, como un modo de poner en acción el concepto de libertad individual. El individuo no sólo participa en política cuando ejerce el derecho a votar o cuando milita en un partido, sino cuando alcanza el status de ser libre. En palabras de Carlos Floria, "la política es una dimensión constitutiva del hombre, de modo que no puede proponerse no tener comportamiento político -ser apolítico-, porque de alguna forma ésa es también una posición política". Es decir, el hombre no puede dejar de ser político, pues está en su naturaleza el anhelo de ejercer su voluntad, y ello implica una constante toma de posiciones ante los demás.

Al iniciarse la década de los ochenta, Latinoamérica vivía un auténtico boom de la política como consecuencia del renacer democrático. Quienes promueven el desarrollo democrático se enfrentan aún, sin embargo, a la muy implantada cultura del autoritarismo, pero, a la vista de todo lo ya conquistado, ¿por qué el rechazo de los jóvenes? La pregunta suscita respuestas plurales y heterogéneas. Fenómenos sociales como el aquí planteado no son monocausales ni unidireccionales. En este trabajo intento aportar tres respuestas: la homologación reduccionista (de la política con los partidos), el miedo heredado (que late aún en el subconsciente colectivo de un continente otrora sumido en dictaduras militares), y los efectos de la postmodernidad globalizadora sobre la cultura política de las generaciones jóvenes.

La homologación reduccionista

Actualmente existe entre los jóvenes una profunda confusión sobre el concepto de política. El imaginario social homologa lo "político" con los "partidos políticos". Estos últimos, dentro de las democracias representativas, son agrupaciones que integran a un sector de los miembros de la sociedad, organizados en forma jerárquica y estatutaria, con una ideología común o un conjunto de principios básicos y cuya finalidad principal es llegar al poder para poner en práctica los postulados que sustentan. Dicha homologación es una forma de reduccionismo retrógrado: parece que los jóvenes se quedan con el concepto arcaico de política que hemos heredado de nuestra Historia, y no con el concepto renovado por el que nuestros países han luchado. Existe todavía entre los jóvenes de hoy la extendida idea de que otros construyeron el sistema político en un contexto histórico particular, y que actualmente nos resulta totalmente ajeno. Entonces, al hablar de política, los jóvenes la asocian únicamente con las cuestiones superficiales del sistema de gobierno y, sobre todo, con los agentes que participan en ella en un lugar y momento dado. No se percibe lo esencial sino sólo lo puntual, que por obvias razones produce un rechazo generalizado -que, por cierto, trasciende con mucho al segmento social joven-. Y al fusionarse, mezclarse y confundirse lo político y los partidos políticos, se percibe a simple vista que lo político ha adquirido a los ojos del joven las mismas características de los dirigentes políticos. La alta tasa de corrupción y la impunidad de que se sirve la esfera política latinoamericana producen entre los jóvenes un rechazo frontal que no afecta sólo a esa esfera sino a todo lo que suene a político. Este factor parece ser el más determinante del rechazo que los jóvenes presentan ante la política, pero no es el único.

El miedo heredado

En América Latina se ha producido un efecto de péndulo entre gobiernos democráticos y gobiernos de facto. Estos últimos se basaron principalmente en el terror represivo para instaurar una políticadestinada a quebrar la libertad. Ese terror se ha superado pero tal vez no se haya metabolizado tan plenamente como puede parecer a simple vista, y su poso social afecta inconscientemente al joven. Las inducciones que utilizaron las dictaduras permanecen en mayor o menor medida entre nosotros. En psicología social se entiende por inducción la enunciación de modelos operacionales e identificatorios sugeridos desde la dictadura e implementados a través de su control casi absoluto de los medios de comunicación de masas. Así, se indujo a la culpa, a dar por muertos a los desaparecidos, a la dilución de responsabilidades, al olvido y a considerar toda disidencia política como falta de adaptación social y hasta como campo de la enfermedad mental. Las inducciones tienden a producir nuevas identificaciones secundarias, es decir, actúan sobre el ser, pero también operan sobre el hacer. Este atentado contra la libertad del individuo, en relación con el ser y con el hacer, trazó un rechazo inconsciente a lo político que, si bien se ha superado en lo consciente, sigue operando en los procesos mentales más íntimos. Muchos jóvenes han heredado el discurso social del "no te metas", "no andes en cosas raras", que han dejado los gobiernos de facto en América latina. Es bien conocido el precio que debieron pagar algunos jóvenes por defender la libertad, y las inducciones mencionadas no sólo actuaron en su momento sino que persisten en nuestro tiempo. Desde esta perspectiva, la juventud se ve impregnada de un miedo latente que coadyuva a hacerles optar por la indiferencia ante las problemáticas de la sociedad: es mejor no hablar de política y mucho menos participar en ella.

Los efectos de la postmodernidad

El punto de partida de la postmodernidad fue la modernidad misma, que surgió de la búsqueda de fundamentos racionales universales que llevaran implícita una concepción unitaria de la verdad y subordinaran la sensibilidad a la razón, generando, así, desde el positivismo de Comte hasta la teoría hegeliana o el marxismo. Esta modernidad que caracterizamos esquemáticamente entra en crisis cuando se empieza a cuestionar la idea de una razón universal, que era el sujeto de la modernidad como expresión misma de la objetividad. El consiguiente desencanto por el incumplimiento de los grandes ideales y proyectos de la modernidad generará lo que hemos dado en llamar postmodernidad. La economía y la cultura del Occidente actual posibilitan un sujeto humano distinto, con características que representan lo que algunos autores denominan el hombre postmoderno, el hombre light, el hombre cool, etc. En este nuevo contexto cultural los jóvenes están absorbiendo una renovada cultura del nihilismo, del hedonismo, del consumismo, del materialismo y del relativismo moral. Este nuevo sujeto vive en la era del vacío y del consumo, y como no se encuentra comprometido con nada, no vive para el futuro futuro sino que eterniza el presente.

Estos datos forman parte hoy de la cotidianidad actual, y, más allá del partido que se tome sobre ellos, es evidente que la tensión modernidad/postmodernidad es una poderosa fuerza de fin de siglo que pone en cuestión la idea iluminista de progreso y amenaza con dar jaque mate a su reinado bicentenario. Desde esta óptica, es dable entender por qué los jóvenes se encuentran despreocupados respecto a la política convencional: quedaron atrás las utopías reformistas y las vanguardias de intenciones transformadoras. En su lugar, nos encontramos con el vuelco a la privacidad, con la despolitización y con la carencia de proyectos .

Propuesta para superar el rechazo

Una propuesta de superación del rechazo juvenil hacia la política debe hacer hincapié en cambiar el aporte educacional -como medida preventiva- y en el fortalecimiento de la sociedad civil -como medida paliativa destinada a incrementar la participación política y social de los jóvenes-. Esta propuesta implica un camino con principio y fin, un camino que busca el cambio la libertad, y propone una llegada: la posibilidad de actuar, vivir y sentir la libertad.

En la educación, el orden vigente hasta hoy consistía básicamente en el dominio desde arriba hacia abajo, y debe sustituirse por una educación antiautoritaria cuyo objetivo ha de ser la educación para formar socios y compañeros autoconcientes. La propuesta es, por tanto, una valiente democratización del terreno educativo. Sería de vital importancia reconocer la autonomía de los sistemas educativos, que no tendrían que ser modificables por la voluntad política estatal, sino, parcial y progresivamente, por la acción de los individuos mismos que en ellos participan. La sociedad civil debe apropiarse progresivamente de dicha responsabilidad. Esto implica modificar los modos de aprendizaje en coherencia con una concepción democrática que implique la superación del autoritarismo, de la dependencia y del dogmatismo, desarrollando la autonomía y la capacidad crítica de las personas. Los sistemas educativos tendrían entre sus fines principales uno que hasta ahora no lo era: socializar una reconceptualización de lo político que tienda a corregir su perversa homologación con la superficialidad de la política de partidos, antes expuesta.
Respecto al fortalecimiento de la sociedad civil, América Latina está atravesando cambios acelerados:

• Avances en los procesos de democratización.
• Proceso de ajuste, liberalización y globalización económica.
• Grandes transformaciones institucionales.
• Incremento de los problemas sociales como la pobreza, la exclusión, y el desempleo.
• Crisis de la representatividad del sistema convencional de partidos políticos.

Buscar un fortalecimiento de la sociedad civil es una tarea que no puede acometerse sin contemplar este contexto. El Estado debe abandonar progresivamente las actitudes paternalistas y asistencialistas para promover la participación social y política, que mejora y estimula la equidad y la justicia y permite profundizar en la democracia mediante la incorporación paulatina de la sociedad civil a la toma directa de las decisiones.

Peter Drucker asegura que en el mundo se está conformando un Tercer Sector de la economía -luego de las empresas y del Estado- que es el que va a solucionar los problemas mas acuciantes de la Humanidad, como la pobreza, el desempleo y la baja calidad de la educación y la salud. Este Tercer Sector está conformado por las organizaciones sociales no gubernamentales y sin fines de lucro. Éstas son entidades con una amplia estructura nacional o internacional y con objetivos que pueden cumplirse mediante la influencia sobre los gobiernos y los medios de comunicación, pero que no constituyen partidos políticos. El Tercer Sector es una forma no convencional -y hasta inconsciente- de hacer política que afianza la sociedad civil y que sí atrae a los jóvenes. Las organizaciones no gubernamentales avanzan en la misma medida en que el Estado se va retirando y deja de proveer acción social. Así, se va a "cotidianizar" la participación de los jóvenes en la nueva política mediante su expresión en estos ámbitos no gubernamentales.

Conclusión

Cualquier propuesta para superar el rechazo juvenil hacia la política debe formularse desde el concepto de libertad: la capacidad de autodeterminación del ser humano, que implica en su desarrollo igualdad de oportunidades, límites ante los demás, derechos inalienables, responsabilidad y participación. A partir de aquí la sociedad debe permitir el desarrollo integral de todos sus miembros garantizando la libertad y las oportunidades para que construyan su propia y personal estrategia de vida, reconociendo como único límite las estrategias de vida de los demás. Es un derecho de todos magistralmente reconocido en el artículo primero de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: "todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros".

Article File / Ficha del Artículo
 Title: /  Título: ¿Cómo superar el rechazo?
 Language: /  Idioma: Spanish / Español
 Author: /  Autor: Paulo Javier RIVAMAR
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 Crédito del autor:
Psicólogo argentino.
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 Tipo de texto:
Opinion article / Artículo de opinión
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 Classic text /  Texto clásico
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2059
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Este artículo es anterior a enero de 2006, cuando se reconstruyó el servicio actual.
 
      
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