Hace varios dias que Francia se enfrenta al dilema de siempre cuando se trata del bien estar del estado, perdón el estado del bienestar. Su flamante nuevo presidente, Nicolás Sarkozy, elegido el pasado domingo ya ha dejado claro que “le modèle économique français no marche pas”. Y por fín, cuando alguién tiene el sentido común en Francia de admitir, por lo menos, la verdad que los liberales denunciábamos con cada ocasión, qué ocurre: pues la prensa llena páginas e informativos con varios disturbios iniciados en las grandes ciudades por grupos de electores descontentos con los resultados de las elecciones francesas. Está claro: los franceses quieren seguir engañándose que todo va bien en su falsa y penosa economía donde aproximadamente el 7 % de la población, que es realmente la que produce, llevando a sus espaldas ya encorvadas todo el peso del resto 95 % del país. Y digo you, ¿es ésta la justice sociale que tanto ha llenado los discursos políticos en las últimas cuatro décadas? Porque ahora, con la economía francesa en una recesión sin precedentes gracias al papá estado que ha velado por sus intereses creando una sociedad completamente asistencializada, incapaz de fluir sin su intervención divina, muchos franceses empiezan a despertar y a darse cuenta del estado actual de las cosas. Al igual que un niño que tiene un arrebato cuando vé que ya no tiene juguetes, los franceses han votado con rabia y de la urna les ha salido el señor Sarkozy con todo el conservadurismo que ellos representa, un retraso tremendo para el país que ha visto nacer el periodo de las luces. Es de justicia decir que la otra candidata, Segolène Royale que había quedado en el sprint final de la carrera hacia el Palacio del Elíseo tampoco se lo puso muy difícil.
En conclusión, los franceses todavía no han aprendido que tanto simbolismo y patriotismo en exceso, armas que han servido por igual a conservadores y socialistas no representan la cura de los males que azota Francia en estos momentos. Pero el populismo es una golosina demasiado atractiva y que es facilmente tragada por la mayoría, así que no queda más que esperar y ver si al menos, parte del discurso del recién electo presidente Nicolás Sarkozy sobre la caducidad del modelo francés se cumplirá y a qué precio para los demás pilares de la sociedad como son las libertades civiles, la situación de la inmigración, la libertad de culto sin primar una creencia religiosa o de otro tipo por encima de las demás y por supuesto la educación que igual que la economía francesa se enfrenta a la recesión más dura de las últimas décadas. Pero, por ahora, tanto los medios de comunicación como muchos electores, detractores del nuevo presidente prefieren analizar bajo lupa y chismorrear el por qué de las vacaciones de Sarkozy, que se ha ido de viaje a Malta a todo lujo para celebras su victoria al bordo del yate de un conocido empresario francés. Parece ser que tantos años de hipocresía socialista han calado hondo entre la gente que prefieren ser mentidos sobre la economía personal de los políticos. No importa en verdad si son buenos gestores y rigen con honestidad y eficacia. A la gente el populismo tipo un coche oficial modesto, pero un cochazo de puertas para dentro es lo que más le encanta. Es muy triste ver cómo muchos franceses prefieren que sus líderes les mientan bonito sobre sus modestas situaciones económicas en vez de tratar con políticos que no esconden lo que tienen, tengan mucho o poco siempre y cuanto lo que tengan lo hayan ganado de forma honesta, con o sin esfuerzo y sin robarle a la gente su dinero mediante las ya conocidad medidas de financiación del estado. Es todavía pronto para saber qué clase de político será el señor Nicolás Sarcozy, pero para el bien de Francia y de la Unión Europea, esperemos que sea del tipo que junto con su nuevo gobierno y con el parlamento cambien el actual sistema económico de arriba debajo de tal forma que el dinero se quede en los bolsillos de los ciudadanos y no en los pozos oscuros del estado y de los suyos.
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