Contra la Bielorrusia del tirano Alexander Lukashenko no bastan gestos ni tÃmidas sanciones. Hace falta un bloqueo total como el que derribó a Milosevic. Es conveniente cerrar la frontera de la UE con ese paÃs, prohibir la entrada de sus ciudadanos al territorio de la Unión, congelar las cuentas que el Estado bielorruso tenga en Europa y aplicar otras muchas medidas que simplemente hagan caer al dictador. Es preciso un apoyo solidario y generoso a la oposición democrática, como el que Occidente brindó a los hoy presidentes Viktor Iuscenko (Ucrania) y Mikhail Saakashvilli (Georgia). Las amenazas de Lukashenko contra la población, en el sentido de que se va a ejecutar a quienes se manifiesten por la democracia, dan una idea precisa de la clase de déspota que gobierna en Minsk. Por la seguridad de Occidente y por el legÃtimo anhelo de libertad de los ciudadanos, hay que recuperar Bielorrusia.
Recuperar Bielorrusia para el Occidente democrático es un paso necesario en el cerco a Moscú, imprescindible para frenar las delirantes veleidades rusas de convertirse nuevamente en potencia mundial. Es intolerable que el Kremlin convalide el fraudulento resultado electoral de Lukashenko, como lo fue su apoyo a los dictadores de Serbia y de los paÃses liberados de la antigua URSS. Es peligrosa la posición rusa en el Cáucaso y en el mar Caspio, que desestabiliza profundamente la región y pone en riesgo los recursos energéticos de la zona. Y es inadmisible el apoyo de Rusia a repúblicas fantasmas como la de Transdnistria, que implican una violación de la soberanÃa nacional de otros paÃses.
Occidente no debe titubear ante Rusia. Rusia es culturalmente parte de la familia occidental, y solamente el orgullo imperialista heredado de su pasado soviético hace que no asuma ese papel y que sueñe con erigirse de nuevo en dueña y señora de medio mundo. Es imprescindible para la estabilidad mundial incorporar a Rusia como un miembro más de la comunidad occidental, con toda la generosidad y la lealtad posibles pero con toda la firmeza necesaria para quitarles de la cabeza, de una vez por todas, cualquier pretensión de formar un bloque por su cuenta. No se puede conceder liderazgo a un paÃs empobrecido y escasamente democrático, cuya única fortaleza es poseer el botón nuclear. Un botón, por otra parte, que empieza a estar al alcance de cualquiera.
Imponerse en la cuestión bielorrusa y derribar a Lukashenko es una exigencia geopolÃtica. La UE y los Estados Unidos tienen que dejarle bien claro al Kremlin que, sencillamente, no aceptan el fraude electoral y van a acabar con su tÃtere en Minsk. Y a continuación habrÃa que derribar el régimen comunista de Moldavia e instaurar la democracia en ese paÃs. Occidente no puede ganar la contienda ideológica y geopolÃtica con sus enemigos externos si en su propio patio trasero persisten regÃmenes como el bielorruso y el moldavo.
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