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By / Por: Adolfo FERNÁNDEZ Sáinz
Cuba: la opresión institucional
Lo que en cualquier otro lugar del mundo es normal, en Cuba es anormal. La sistemática violación de los derechos civiles y políticos de los ciudadanos no es producto de una situación excepcional, sino que forma parte de la legalidad cotidiana en la Cuba comunista.

Escenario primero. Cuba, años ochenta. Un joven profesor acaba de asistir a misa y sale de la iglesia. En su pueblo natal, la iglesia católica está situada frente al parque municipal, como sucede en casi todos los pueblitos cubanos. El profesor observa que en uno de los bancos del parque está sentado el director de la escuela en la que él acaba de empezar a trabajar. El director se levanta y se dirige hacia él. Se saludan y comienzan una conversación más o menos así:

Director: "¿Estabas en la misa?"
Profesor: "Sí".
D.: "Bueno, aquí se presenta un problema, porque como formador de las futuras generaciones del Hombre Nuevo que construirá el socialismo en Cuba, ¿qué les dirías tú a tus alumnos si ellos te vieran saliendo de la iglesia?"
P.: "Pero en mi trabajo yo no hablo nada de religión".
D.: "No importa: estás hablando con tu conducta, y el ejemplo que les estás dando no es el que se espera de un profesor revolucionario. Mira: el problema es que para seguir siendo maestro, formador de nuestra juventud revolucionaria, no puedes seguir asistiendo a la iglesia. Me da mucha pena, pero si sigues en la iglesia tendrás que dejar tu cátedra en la escuela".
P.: "Bueno, déjeme ver..."

Ante este joven se abrían entonces dos posibilidades: acceder a la petición del director o desatender el mandato de su director y atenerse a las consecuencias, que, a primera vista, no parecen tan graves (pérdida del empleo). Hay una resolución aprobada por un Congreso de Educación Cultura que habla de la pureza ideológica que deben tener los miembros del magisterio cubano, y ésa es la que le aplicarán al joven. Calcula que, si lo despiden, aunque busque otro trabajo nadie le salvará de ser llamado al servicio militar obligatorio, y, una vez allí, separado de su familia y de sus amigos, encerrado en una unidad militar, con un código disciplinario muy riguroso, a esos guardias les será muy fácil hacerle la vida imposible. El profesor ha oído historias que le llenan de terror. Sabe que no puede irse del país, legalmente, hasta los cuarenta y cinco años de edad. Si trata de cruzar el mar hasta otro país puede perder la vida en el intento, y, si le capturan, irá a la cárcel. Si se queda en Cuba, no tiene más remedio que adaptarse. Todo este ajedrez mental tardó menos de un segundo en resolverlo la ágil mente del profesor. Se tragó su orgullo, soportó la humillación y respondió al director que sí, que estaba bien... Se impusieron las circunstancias, el temor y la indefensión, y salieron perdiendo la fe y la dignidad. Perdió la persona humana.

Escenario segundo. Cuba, años ochenta. Una joven está cursando la carrera de Historia en una universidad cubana. Ya está próxima a graduarse. Uno de sus compañeros de clase trabaja de investigador en un centro donde estudian los futuros diplomáticos cubanos. La joven y él han compartido labores en clase y en la Federación de Estudiantes Universitarios. El sabe que ella es una estudiante muy capaz y una persona responsable, y que será una profesional brillante. A su centro le convendría tenerla de especialista. Un día le propone trabajar con él. Ella se muestra entusiasmada. "Bueno -dice él-, voy a traerte una planilla para ir recogiendo tus datos y después veremos si el director está de acuerdo". Al llenar la planilla, donde dice "pertenencia a organizaciones revolucionarias" aparecen varias casillas. En la de Comités de Defensa de la Revolución la joven escribe "sí". En la de la Federación de Mujeres Cubanas, también responde "sí". Federación de Estudiantes Universitarios, Milicias de Tropas Territoriales... todo "sí". Pero en la casilla de la Unión de Jóvenes Comunistas, la respuesta de la joven es "no". La reacción del director fue poner el grito en el cielo. "¡Cómo se te ocurre proponer a una que no es Joven Comunista!". La muchacha del relato aprende rápidamente la lección: "si voy a vivir y a desarrollarme como profesional aquí, tengo que hacerme militante comunista, o mi futuro estará muy limitado y tendré que conformarme con oscuro puestecito donde nunca viajaré al exterior ni me tocará ninguna tarea interesante. De nada me vale ser miembro de todas las organizaciones de masas si no pertenezco a la organización selectiva del partido comunista. De ahora en adelante no faltaré a un solo acto político ni trabajo voluntario. Tengo que parecer entusiasta y hacer lo que me manden.

Estas escenas se produjeron en los años ochenta. Si hubiera sido en los noventa, con el fracaso mundial de la ideología comunista, quizá al requisito de la militancia comunista el director habría añadido otras solicitudes de carácter más prosaico, especialmente si la joven es bella. Casos como estos han sucedido en mi patria por millones, y siguen sucediendo. La coincidencia más manifiesta entre ambos es la absoluta indefensión del ciudadano ante el poder omnímodo del Estado, porque cabría pensar que, si no se puede ser profesor en una escuela pública, se podrá ejercer esa función en una privada; o que, si no se puede trabajar en una institución oficial, quizá se podrá investigar por cuenta propia y escribir un libro, por ejemplo. Nada de eso es posible en Cuba. Las llamadas profesiones liberales no se pueden ejercer desde fuera del Estado, y la consigna de las universidades cubanas es "la universidad es para los revolucionarios". No es una idea oculta, sino un lema público. Lo trágico es que no hay otra universidad alternativa. Usted estará de acuerdo conmigo, querido lector, en que si una persona controla toda la prensa de un país tiene en sus manos un instrumento de inmenso poder. Y si alguien logra controlar la economía (todos los bancos, las fábricas, las empresas...) podrá manejar los hilos de una madeja de poder que le permitirá hacer casi cualquier cosa. Pero si, en última instancia, esa misma persona domina el ejército sin tener que rendir cuentas ante nadie, entonces su poder será absoluto. Lo mismo ocurriría si alguien tuviera sometidos a su antojo a los tribunales de un país: podría entonces llevar ante la "Justicia" a quien se le antojara. Pues en Cuba el Partido Comunista -el único legal- domina todos los medios de comunicación, la economía, las Fuerzas Armadas, los tribunales, las escuelas, los programas de instrucción, los hospitales y el movimiento deportivo. Y el Partido Comunista no es una entelequia: está compuesto por personas que van obedeciendo a otras personas que están por encima jerárquicamente. Y en la punta de esa pirámide está Fidel Castro. En Cuba rige una constitución que entró en vigor en 1976, después de que el país fuera gobernado -o mejor, desgobernado- desde la tribuna durante dieciséis años sin una ley de leyes. En su artículo quinto, la Constitución dice que el Partido Comunista es "la fuerza rectora de nuestra sociedad". Aunque se nos reconocen ciertas libertades y derechos, y la igualdad entre todos los ciudadanos, en el artículo sesenta y dos se advierte de que ninguna de esas libertades podrá ser utilizada "en contra del deseo de pueblo de Cuba de construir el socialismo y el comunismo". No importa que el comunismo haya demostrado su inviabilidad en todo el mundo. No importa que esta constitución haya sido aprobada en un referéndum donde no se ofrecía ninguna alternativa, ni que muchos de los que votaron a favor se hayan marchado o hayan intentado huír del país por las vías más inverosímiles. No importa, en fin, que el mundo haya cambiado. Es la misma constitución excluyente que discrimina por un solo motivo: la ideología. Pliéguese usted a la voluntad del régimen, entregue su alma al diablo y podrá gozar de cierta tranquilidad en Cuba -tranquilidad de rebaño pero tranquilidad al fin-.

La violación de los Derechos Humanos en mi país es universal, al descubierto e institucional. El ciudadano podrá ser o no consciente de que se le violan sus derechos, podrá protestar o no por ello, podrá incluso no importarle que se los violen, pero -al margen del carácter más represivo de algún jerarca local que pueda excederse en las atribuciones de su cargo más allá del promedio- la violación de los derechos civiles y políticos en Cuba parte desde arriba, desde el Estado y sus instituciones, desde la propia Constitución y, en la práctica, desde las personas que se han erigido en defensoras del orden constitucional, de la patria y la nación cubanas. Todo intento por cambiar algo en la sociedad cubana o por concienciar a las personas para que se movilicen en favor de un cambio social, político o económico en Cuba, por pacífico que sea, es visto como una agresión que pone en peligro la revolución, la patria y el pueblo. Y las personas que se atreven a hacerlo son consideradas contrarrevolucionarias y traidoras a la patria. En la Rusia de Stalin se les llamaba "enemigos del pueblo". Les dejo a ustedes buscar el paralelismo. Como para las autoridades cubanas, al parecer, es inconcebible que ningún ciudadano discrepe de la línea adoptada por el Partido Comunista, niguna oposición puede ser legítima ni autóctona. Todo aquel que se manifieste en desacuerdo con la política oficial no es más que un agente del imperialismo yankee y quiere que Cuba vuelva a un pasado oprobioso donde se les quitarán sus casas a los vecinos y sus tierras a los campesinos cubanos. En Cuba el parlamento unipartidista acaba de aprobar por unanimidad (claro) una ley que los opositores y los periodistas independientes cubanos han rebautizado como "Ley Mordaza". En la Ley 88 se contemplan penas de hasta veinte años para todo aquel que directa o indirectamente "suministre información que pueda ser utilizada en la ampliación de la Ley Helms-Burton y otras medidas similares".

Las personas que viven en países democráticos se enfrentan a diario a las imperfecciones de las sociedades donde rigen constituciones más o menos liberales. Dichas personas pueden verse amenazadas en su integridad física por el poder de un funcionario corrupto o de un oscuro grupo paramilitar o gangsteril, pero saben que eso no es lo legal, porque la Ley siempre está a favor del orden y del Estado de Derecho, y en contra del abuso. En Cuba, los que tenemos la osadía de pensar distinto y expresarlo tenemos que vivir al margen de la Ley. Y hasta lo más impensable: en el juicio a cuatro valientes opositores pacíficos en febrero último, la fiscal del caso, en representación de la legalidad y de la Constitución declaró que la patria no es de todos. Hasta ahí llega el despojo público al ser humano.

Article File / Ficha del Artículo
 Title: /  Título: Cuba: la opresión institucional
 Language: /  Idioma: Spanish / Español
 Author: /  Autor: Adolfo FERNÁNDEZ Sáinz
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 Crédito del autor:
Militante del clandestino Partido Solidaridad Democrática (PSD) de Cuba.
 Type of text:
 Tipo de texto:
Opinion article / Artículo de opinión
 Category: /  Categoría:
 Classic text /  Texto clásico
 No. of words:
 Núm. de palabras:
1751
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Este artículo es anterior a enero de 2006, cuando se reconstruyó el servicio actual.
 
      
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