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By / Por: Kandido EIZAGUIRRE
Enfermos mentales: ¿víctimas o verdugos?
No puede afirmarse que las personas con enfermedades mentales no sean nunca peligrosas: pueden serlo y, lo que es más significativo, pueden ser peligrosas en ocasiones para sí mismas o para los demás como consecuencia de su enfermedad. Y además esa agresividad puede mostrarse de forma impredecible.

Pasados ya unos días desde el trágico suceso acaecido en Madrid, en el que una persona, presumiblemente afectada por un trastorno mental, protagonizó una agresión extremadamente grave, parece posible, tras el estupor e impacto inicial, ofrecer algunas reflexiones desde el lugar que ocupamos diversas personas y colectivos que profesional o personalmente, estamos en permanente contacto con personas que padecen enfermedades mentales graves. Sin entrar a analizar el hecho concreto, por respeto a todas las personas implicadas y teniendo en cuenta el desconocimiento de todos los datos que permitirían un análisis que no fuera un ejercicio temerario y frívolo de especulación, pensamos que las consecuencias que el acontecimiento, su difusión en los medios de comunicación y las diversas opiniones emitidas han tenido y están teniendo sobre la opinión pública y la consideración en general de las personas afectadas por enfermedades mentales como colectivo merecen una cierta reflexión. El primer mensaje que este acontecimiento transmite, de forma brutal y desconcertante para muchos, es el de que la enfermedad mental no es patrimonio de unos cuantos desheredados. Puede pasarle a cualquiera. Si el protagonista del suceso hubiera sido un inmigrante buscando droga o un «loco harapiento» escapado de algún manicomio, la percepción quizás hubiera sido distinta. Pero era una chica joven, médico-residente, una imagen lo más alejada posible de la locura peligrosa, de quien puede suponerse una amenaza. Podría ser tu hija, tu hermana o tu novia. Alguien con una vida previa normal, e incluso feliz, con una infancia sin traumas ni catástrofes emocionales, muy alejada en principio de las estereotipos que adornan la idea del público general sobre los «locos» y que estigmatizan permanentemente a todo su entorno familiar y social; estereotipos que suponen que sólo pierden la cabeza los que se lo merecen (por consumir drogas por ejemplo) o como consecuencia de una vida previa terrible, a veces inflingida en el propio entorno familiar. La idea de que esto puede surgir en cualquier persona, en cualquier familia es poco tranquilizadora; elimina la línea que separa a los locos de los sanos, nadie está a salvo. En este terrible suceso no hay víctimas y verdugos; todos son víctimas. Y todas víctimas inocentes. Tan inocente la persona enferma protagonista de la agresión, y tan merecedora de solidaridad, apoyo, piedad y compasión como los agredidos, heridos y fallecidos. Y también los familiares de la persona enferma son tan merecedores de solidaridad, apoyo, compasión y piedad como los familiares de los agredidos, heridos y fallecidos. La familia de las víctimas expresa su lógico dolor e indignación. A los familiares de Noelia nos los imaginamos avergonzados, destrozados, desconcertados, sin comprender nada y sin poder siquiera contar con la solidaridad de la sociedad. Como si ellos también fueran culpables. Una hija querida, en la quizás se han depositado muchas expecta- tivas, alguien de quien sentirse orgullosos, médico, residente en un hospital de prestigio, convertida de la noche a la mañana en una loca asesina. La contribución del suceso a la estigmatización de las personas con enfermedades mentales es indudable. La identificación de enfermedad mental con agre- sividad imprevisible es muy difícil de combatir y cala muy hondo en la sociedad en que vivimos, más proclive a solidarizarse con causas lejanas y que comprometen a bien poco, que a afrontar nada que inquiete la vida cotidiana y que ponga a prueba la palabra solidaridad. Es difícil hacer ver a la gente que estas cosas suceden y que hay que aceptarlas, como aceptamos los cuarenta muertos semanales en las carreteras sin prohibir los coches y que la solución no es hacer desaparecer, apartar de nuestro entorno a las personas con trastornos mentales severos, sino poner todos los medios posibles para que reciban el tratamiento más apropiado, apoyar la investigación, el desarrollo de recursos y promover una integración social real, con todas sus consecuencias. Por otro lado hay que ser realista. No puede afirmarse que las personas con enfermedades mentales no sean nunca peligrosas: pueden serlo y, lo que es más significativo, pueden ser peligrosas en ocasiones para sí mismas o para los demás como consecuencia de su enfermedad. Y además esa agresividad puede mostrarse de forma impredecible. La experiencia nos dice que muchos de los actos agresivos realizados por enfermos psicóticos contra ellos mismos (algo mucho más frecuente, por otra parte) o contra otras personas se producen de forma imprevista y sorprendente. Pero esto no puede convertirse en un argumento para considerar a las personas con enfermedades mentales peligrosas de forma general o para justificar la toma de medidas discrimina- torias que atentan contra los derechos de las personas. Lo único que puede concluirse es que este suceso hace más evidente la necesidad de garantizar la accesibilidad a tratamiento de las personas con estas enfermedades, y de que reciban la asistencia que precisan en todas sus vertientes. Y probablemente algunas de las personas con enfermedades mentales severas requerirían actuaciones decididas para garantizar que se mantienen en tratamiento, especialmente la pequeña minoría que cuando lo abandona protagoniza conductas de riesgo. Dejar al albur de los acontecimientos a personas gravemente enfermas por un presunto respeto escrupuloso a su derecho a negarse a seguir tratamiento es inhumano e irresponsable. Pero extender este tipo de prácticas sin adecuadas garantías puede llevar a las personas afectadas a una situación de desprotección, abuso y limitación de sus derechos. Pero ni siquiera actuaciones de este tipo van a garantizar al 100% que algo así no se repita. La única conclusión posible es que este o cualquier otro suceso protagonizado por personas con enfermedades mentales severas, por terrible que sea, únicamente debe inducir a pensar que es más urgente que nunca la adopción de medidas políticas que se traduzcan en una adecuada atención sanitaria y social de esta población, que conduzca a una efectiva integración social, como tienen derecho como ciudadanos. El mayor problema del colectivo de personas con enfermedades mentales severas no es su potencial peligro para la población, sino su discriminación y estigmatización, la inadecuada cobertura de todas sus necesidades y una herencia de atropellos, vejaciones, aislamiento y marginación fruto de la ignorancia y el miedo a los diferentes.

Article File / Ficha del Artículo
 Title: /  Título: Enfermos mentales: ¿víctimas o verdugos?
 Language: /  Idioma: Spanish / Español
 Author: /  Autor: Kandido EIZAGUIRRE
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 Crédito del autor:
Presidente de la organización vasca AGIFES (Alkarturik Gipuzkoako Familia eta Eri Psikikoak).
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 Tipo de texto:
Opinion article / Artículo de opinión
 Category: /  Categoría:
 Classic text /  Texto clásico
 No. of words:
 Núm. de palabras:
1014
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Este artículo es anterior a enero de 2006, cuando se reconstruyó el servicio actual.
 
      
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