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By / Por: Jorge TÉLLEZ
Un "no" liberal a la guerra
La guerra es terreno fértil para el más atroz estatismo. La guerra es el reino de lo estatal, de lo jerarquizado, de la más absoluta represión de la libertad. Cuando la guerra termina, la estatalización de la realidad y de la vida se repliega, pero siempre habiendo conquistado terreno. La guerra contra Iraq no es una guerra liberal ni favorece a las libertades.

Cuando los tambores resuenan e inicia la marcha, las voces callan y comienza la guerra. En la cabeza se encuentra el vencer al otro, eliminarlo, y con ello, se aniquila toda posibilidad de diálogo. El otro no es como uno, sino extraño, hay que temerle y con el odio borrarlo. Todo se simplifica, blanco, negro, bueno, malo, así es más fácil entender. Los actores, convertidos en personajes, ayudan a montar la comedia, que de no ser real, sería divertida. Mientras ellos actúan, nosotros servimos de coreografía, y como coreografía somos tratados. Las personas se vuelven escalones, simples etapas, apoyos para el pie, que servirán a los grandes necios a llegar a sus lugares para sentarse y observarlo todo, observar a todos, como dueños de un mundo que nunca fue suyo. Y en ese modo de pensar se cometen violaciones, se rompe todo, como si una cabra entrara a un museo deshaciendo lo que encuentra, porque no lo aprecia, es una cabra. Sólo que las obras que destroza, no son tales, son personas inocentes que reciben las patadas. De por sí las guerras tiran todo, dejan nada. No crean riqueza, eso es falso, la destruyen. Lo que generan es incertidumbre, inestabilidad que no gusta a la economía que se queja no creciendo, o decreciendo. La libertad nunca ha hecho par con la violencia. Lo belicoso de la guerra asusta porque muerde, porque apesta. El atacar es estúpido, el no defenderse del que ataca también. No se trata de sacar el pecho esperando el golpe sin responder la agresión hecha. La fuerza con fuerza se repele. En la guerra, no es el presidente, ni los congresos los que van al frente de la lucha, los Estados pelean a través del ciudadano. Las personas, los civiles, se convierten en cosas secundarias, prescindibles, son los Estados los que deben asegurar su permanencia usando a los humanos como herramientas desechables. Con este fin, los decretos de emergencia suspenden libertades, inviolables en teoría. A las personas se les prohíbe reunirse, las cortes marciales juzgan civiles, el libre tránsito se suprime... el Estado se expande y asfixia, invadiendo todo, destrozando todo, para estar tranquilo, para estar seguro. Cuando el conflicto termina, la intervención se retrae un poco, pero también se queda. Una vez que el Estado entra y se acomoda, permanece, disfrutando las ganancias obtenidas de la guerra, carcomiendo libertad, oxidando al ciudadano, destruyendo poco a poco los cimientos que lo fundan. En otros tiempos y en otras guerras, la misma cosa sucedió. La gloriosa Roma, la orgullosa, se aniquiló por dentro cuando, por conquistar afuera, atacó la libertad de sus ciudadanos. No fue el cristianismo, ni los asentamientos bárbaros los que causaron su decadencia, su destrucción. En palabras de Edward Gibbon, "Roma (...) bajo la generosa y pacífica influencia de la libertad, habría permanecido invencible e inmortal," pero no lo hizo y fue vencida por ella misma, murió ahogada con la soberbia que bebía. Los Estados Unidos, al igual que Roma, fue una nación excepcional para su tiempo, hay que decirlo. Las libertades que reconocía a sus ciudadanos no tenían igual para su época. Inmigrantes llegaban a estas tierras para buscar oportunidades que en otros países les negaban, y gracias a la libertad que desbordaba, el joven país alcanzó la prosperidad temprana. Pero el poder no es eterno, la hegemonía no es un para siempre. La grandeza estadounidense tiene raíces en lo libre y en su continua vigilancia, no en el miedo servil y en la beligerancia. La libertad no es intercambiable. Si se deja, nunca vuelve, no existen las renuncias temporales. Si usando el miedo por motivo, permiten las cadenas, se encontrarán atados al terminar la guerra; y es que esta guerra tal vez sea la que termine de enterrar la daga en la libertad de la potencia. Es cierto, los ataques trauman, duelen, la destrucción desgarra, sobre todo si es cercana, si fue en casa. Se sentían seguros, no lo estaban, pasajeros transformados en involuntarios kamikazes, usaron sus propios aviones como armas suicidas. La incertidumbre agobia, no se piensa en el mañana, sino en el ahora. ¿Cómo se pueden construir los sueños del futuro, si no se sabe con certeza lo que ocurre? ¿Si no se está seguro por completo? Y es el miedo el que seduce, el que convence. Terror irracional motivado por la burbuja protectora que se quiebra, que se esfuma, terror aprovechado por aquellos que disfrutan del poder para aprobar sus leyes, sus "Actas Patrióticas", sus monumentos a la tiranía descarada, que suprimen garantías inalienables, y que hacen polvo los sistemas judiciales. Los estadounidenses, obsesionados por la seguridad completa, no ven que la sombra del tirano les sujeta por el cuello. No se cansen en perseguir lo inalcanzable, todos somos vulnerables, el no aceptarlo, no cambia nada. Sí, lo sé, duele, pero dolerá más la penitencia de llevar por siempre los grilletes.

Article File / Ficha del Artículo
 Title: /  Título: Un "no" liberal a la guerra
 Language: /  Idioma: Spanish / Español
 Author: /  Autor: Jorge TÉLLEZ
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 Crédito del autor:
Analista político mexicano.
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 Tipo de texto:
Opinion article / Artículo de opinión
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 Classic text /  Texto clásico
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855
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Este artículo es anterior a enero de 2006, cuando se reconstruyó el servicio actual.
 
      
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