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By / Por: Jorge TÉLLEZ
La nación ficticia
Este es el México que hay que apreciar, el México como conjunto de elementos dispares, donde desde el indígena más puro hasta el mexicano naturalizado pueda sentirse orgulloso de una patria abierta e incluyente, que no discrimina, ni divide por ficciones personales e imposibles.

Este es el México que hay que apreciar, el México como conjunto de elementos dispares, donde desde el indígena más puro hasta el mexicano naturalizado pueda sentirse orgulloso de una patria abierta e incluyente, que no discrimina, ni divide por ficciones personales e imposibles. La nación, como etnia, es una gran mentira, es algo inexistente. No hay raza alguna que pueda mostrar su etiqueta de manufactura, ni su perfecta pureza ancestral. Inclusive los que se dicen habitantes originales, pueblos inmaculados de la historia, son recién llegados en el continente americano. Y no obstante, disfrutamos con crear la raza mexicana, con la concepción perfecta del excelente mexicano: aquel personaje moreno, corto de estatura, con rasgos mestizos, o de preferencia indígenas, al que debemos honrar los de fisonomía diferente y pedirle constantes disculpas por las aberraciones cometidas por los conquistadores antes de nuestra existencia misma. Los nacionalistas etnólogos disfrutan con repartir cargas de culpa genética, que se incrustan en la herencia y descendencia. Los impuros, con antepasados europeos, son aquellos vendepatrias contrainsurgentes, adoradores de gringos y franceses que saquean al país de vez en cuando importando algún monarca o pidiendo a gritos invasiones extranjeras. Y en lo hermoso del absurdo, son aquellos no-indígenas los que elaboran las teorías indigenistas y organizan movimientos redentores para dejar intacto al indio y atraparlo en una burbuja antropológica que lo proteja de la crueldad modernizadora de este salvaje mundo, porque lo anterior, nos dicen, era armónico. Los sacrificios humanos se hacían por amor al sol; las matanzas de los aztecas, vistas de cerca, no eran tan perversas; y las costumbres antifeministas eran soportables, como cualquier otra violación a la dignidad humana, que por cierto, es invento occidental. Para esta versión de nacionalistas, el camino hacia el futuro está en el pasado. Los modernos rascacielos deberían de ser sustituidos por versiones reducidas de la pirámide del sol, las cruces deberían de quemarse para llenar los templos de ídolos aztecas, y la agricultura de chinampas debería ser la política agrícola del gobierno federal. Este es el mito predilecto, la ideología de lo imposible, del "qué hubiera sido". Los teóricos de la nación ficticia disfrutan de elaborar historias alternativas, de plantear escenarios irreales, como aquel en el cual la Triple Alianza, comandada por Tenochtitlán, invade a España y doblega a Madrid, convirtiendo a la península ibérica en una colonia azteca. Para estos nacionalistas, es el México Profundo el que cuenta, el intocable, el sagrado, el dador de las virtudes, el manantial de la pureza indígena que limpia las impurezas de la modernización forzada, que nos fue impuesta por las malignas potencias extranjeras. El otro México, es el corrompido, el que se vende, el que ignora que su pasado nace justo en el momento exacto en el que el águila devora a la serpiente. Ese México, capitalista y criollo, es el que se ha apoderado de la historia y rumbo de esta nación, que de haber respetado sus raíces indígenas habría sido heredera de la grandeza azteca. De este modo, los nacionalistas étnicos separan lo mexicano auténtico de lo mexicano falso. La tortilla, dicen, es lo auténtico; la hamburguesa, lo falso. A la expansión de los McDonalds hay que contraatacar con los tamales. Al maíz y a los frijoles hay que dignificarlos, al trigo maldecirlo, y a cualquier platillo no auténtico se le debe purificar mediante dosis concentradas de mexicano chile. Para los adoradores de lo étnico, la realidad mexicana está compuesta de varios elementos contradictorios entre sí. Por un lado, adoran todo lo indígena, sin distinguir entre los distintos grupos. Para ellos, todos los indígenas son una gran mezcla uniforme, dispersada en ciertas regiones, que comparte un mismo idioma, una cultura y la vergüenza de haber sido conquistados. Por otro lado, buscan rescatar los edificios coloniales, símbolo de dominio español, de las inversiones extranjeras, porque consideran que se está rompiendo la historia de México, que parecería que sólo a ellos les corresponde quebrar. Además, los nacionalistas étnicos toman elementos de la revolución mexicana, a la que consideran un movimiento redentor de la causa nacional guiado por valientes mexicanos, y se apropian de ciertos elementos simbólicos que distan mucho de la cultura indígena que admiran tanto. Por esta razón, no es extraño ver a los nuevos redentores adoptar nombres españoles para su causa, como comandante Lupita, subcomandante Marcos y Ejército Zapatista, en honor al caudillo terrateniente que perdió sus propiedades; y utilizar carrilleras de manufactura occidental sobre su pecho, símbolo de gallardía, mientras cabalgan sobre sus orgullosos corceles, animales traídos por los españoles que se usaron para vencer a los aztecas. Esta es la gran ficción, la nación inventada. De la cultura original se creó un mito, hecho de pedazos de historia y de creencias personales. Esa es la mexicaneidad tan manifiesta, tan irreal como las denominaciones que quieren imponer a una nación mexicana, tan europea como indígena; insertada en el mundo occidental, donde las pirámides conviven con los más modernos rascacielos. Este es el México que hay que apreciar, el México como conjunto de elementos dispares, donde desde el indígena más puro hasta el mexicano naturalizado pueda sentirse orgulloso de una patria abierta e incluyente, que no discrimina, ni divide por ficciones personales e imposibles.

Article File / Ficha del Artículo
 Title: /  Título: La nación ficticia
 Language: /  Idioma: Spanish / Español
 Author: /  Autor: Jorge TÉLLEZ
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 Crédito del autor:
Analista político mexicano.
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 Tipo de texto:
Opinion article / Artículo de opinión
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 Classic text /  Texto clásico
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Este artículo es anterior a enero de 2006, cuando se reconstruyó el servicio actual.
 
      
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