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By / Por: Condoleezza RICE
Un Equilibrio de Fuerzas que Favorezca a la Libertad

La caída del muro de Berlín y la caída del Centro Mundial de Comercio fueron los paréntesis que cierran un largo período de transición. Durante dicho período, quienes nos dedicamos a la política exterior como medio de vida buscamos una teoría o un marco conceptual general que describiese las nuevas amenazas y la respuesta adecuada que se les debería dar. Había quienes afirmaban que las naciones y sus fuerzas militares habían dejado de tener relevancia, que sólo contaban los mercados mundiales vinculados por las nuevas tecnologías. Otros preveían un futuro dominado por conflictos étnicos. Y algunos incluso creían que, en el futuro, la energía de las fuerzas armadas de Estados Unidos se emplearía, primordialmente, en el control de conflictos civiles y la asistencia humanitaria. Pasarán muchos años antes de que podamos comprender los efectos a largo plazo de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001. Pero hay algunos hechos indiscutibles que la tragedia nos ha enseñado con el mayor realismo. Tal vez lo más fundamental, el 11 de septiembre cristalizó nuestra vulnerabilidad. También puso de relieve la índole de las amenazas que enfrentamos hoy. Las amenazas de hoy provienen menos de grandes ejércitos que de pequeñas y oscuras bandas de terroristas; menos de estados fuertes que de estados débiles o fracasados. Y luego del 11 de septiembre ya no queda duda de que Estados Unidos enfrenta hoy a una amenaza existencial a nuestra seguridad, una amenaza tan grande como cualquiera de la que enfrentamos durante la Guerra Civil, la denominada "Guerra Justa" o la Guerra Fría. La nueva Estrategia de Seguridad Nacional del presidente Bush muestra una visión amplia para proteger nuestro país, que se fundamenta en las nuevas realidades y oportunidades de hoy. Hace un llamado a Estados Unidos para usar nuestra posición de poder e influencia sin paralelo para establecer un equilibrio de fuerzas que favorezca la libertad. Como dice el presidente en su carta de presentación: nos proponemos establecer las "condiciones en las que todas las naciones y todas las sociedades puedan elegir por sí mismas las recompensas y los alicientes de la libertad política y económica". Esta estrategia se basa en tres pilares: Defenderemos la paz con oponiéndonos y evitando la violencia de los terroristas y de los regímenes proscritos. Mantendremos la paz impulsando una era de buenas relaciones entre las grandes potencias del mundo. Ampliaremos la paz con la propagación de los beneficios de la libertad y de la prosperidad en todo el mundo. Defender a nuestro país de sus enemigos es el deber primero y fundamental del gobierno federal. Y Estados Unidos tiene una responsabilidad especial en ayudar a hacer el mundo más seguro. Para combatir el terror mundial trabajaremos con socios de la coalición en cada continente, usando todos los medios que disponemos, desde la diplomacia y una defensa mejor a la aplicación de la ley, actividades de inteligencia, cortando el financiamiento de los terroristas y, en caso necesario, la fuerza militar. Desbarataremos las redes del terror, exigiremos responsabilidades a los países que albergan a terroristas y nos enfrentaremos a los tiranos que tienen o tratan de obtener armas nucleares, químicas o biológicas que puedan ser entregadas a sus cómplices terroristas. Estas son distintas facetas de la misma iniquidad. Los terroristas necesitan un lugar para tramar sus golpes, entrenarse y organizarse. Los tiranos aliados con terroristas pueden ampliar considerablemente el alcance de las mortíferas fechorías de éstos. Los terroristas aliados con tiranos pueden adquirir tecnologías que les permitan asesinar en una escala aun más masiva. Cada nueva amenaza supera el peligro de la anterior. El único camino a la seguridad es la lucha eficaz contra terroristas y tiranos. Por estos motivos, el presidente Bush está comprometido a confrontar al régimen iraquí, que ha ignorado las justas demandas del mundo durante más de diez años. Estamos advertidos. El peligro del arsenal de Saddam Hussein es mucho más evidente que cualquier otra cosa que hayamos previsto antes del 11 de septiembre. La historia juzgará con severidad a cualquier líder o país que no reaccione ante este siniestro nubarrón, por indecisión o por un falso sentimiento de seguridad. La violación por parte del gobierno iraquí de todas las condiciones establecidas por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para el alto del fuego de 1991 justifica plenamente, desde el punto de vista legal y moral, la aplicación de esas condiciones. También es cierto que desde el 11 de septiembre nuestro país está atenta, justamente, como nunca antes, para evitar cualquier ataque contra nosotros antes de que se produzca. La Estrategia de Seguridad Nacional no revierte cinco décadas de doctrina y echa por la borda los principios de contención o disuasión. Estos conceptos estratégicos pueden emplearse y se seguirán empleando cuando sea apropiado. No obstante, algunas amenazas son potencialmente tan catastróficas y pueden llegar con tanto sigilo por medios imposibles de rastrear, que no se pueden contener. No es probable que se pueda disuadir jamás a extremistas que parecen considerar el suicidio como un sacramento. Por otra parte, las nuevas tecnologías requieren un nuevo concepto de cuándo una amenaza es realmente "inminente". De manera que, simplemente, por sentido común, Estados Unidos debe estar dispuesto a actuar, cuando sea necesario, antes de que las amenazas se conviertan en realidad. Lo preventivo no es un concepto nuevo. Nunca hubo un requisito moral o legal de esperar a ser atacado antes de poder enfrentar las amenazas existenciales. Como George Shultz escribió recientemente, "Si usted ve que en su jardín hay una serpiente de cascabel, no espera a que le ataque antes de actuar en defensa propia". Durante mucho tiempo Estados Unidos ha afirmado el derecho a la defensa propia anticipada, desde la crisis de los misiles cubanos en 1962 a la crisis de la península de Corea en 1994. Pero este criterio exige mucha cautela. La cantidad de casos en los que pueda justificarse será siempre limitada. No da la luz verde, ni a Estados Unidos ni a ningún otro país, para emprender una acción preventiva sin antes haber agotado otros medios, entre ellos la diplomacia. La acción preventiva no es la primera en una cadena de acciones. La amenaza tiene que ser muy grave y el riesgo de la espera tiene que sobrepasar con mucho al riesgo de entrar en acción. Para apoyar todos estos medios para defender la paz, Estados Unidos establecerá y mantendrá fuerzas militares del siglo XXI que estén más allá de cualquier desafío. Trataremos de disuadir a todo adversario en potencia de aumentar su poderío militar con la esperanza de superar o igualar el poderío de Estados Unidos y de nuestros aliados. Hay quienes han criticado esta franqueza por considerarla poco política. No obstante, la claridad aquí es, sin duda, una virtud. Disuadir la competencia militar puede evitar un conflicto potencial y costosas carreras de armamentos mundiales. Además, Estados Unidos invita, más aun, exhorta, a nuestros aliados amantes de la paz, como los europeos, a aumentar su capacidad militar. La carga de mantener un equilibrio de fuerzas que favorezca la libertad debe ser compartida por todos los países que están a favor de la libertad. Lo que ninguno debe desear es la aparición de un adversario militarmente poderoso que no comparta nuestros valores comunes. Afortunadamente, esta posibilidad parece hoy más remota que en ningún otro momento de nuestra vida. Tenemos la oportunidad histórica de acabar con la norma destructiva de la rivalidad de grandes potencias que ha sido el azote del mundo desde el advenimiento de la nación-estado en el siglo XVII. Hoy, los grandes centros mundiales de poder están unidos por intereses comunes, peligros comunes y, cada vez más, valores comunes. Para Estados Unidos ésta será una estrategia clave para mantener la paz durante muchos decenios futuros. Hay una vieja discusión entre las llamadas escuelas "realista" e "idealista" en los asuntos exteriores. En esencia, los realistas restan importancia a los valores de las estructuras internas de los estados y realzan, en cambio, el equilibrio de fuerzas como base para la estabilidad y la paz. Los idealistas subrayan la primacía de valores tales como libertad, democracia y derechos humanos para asegurar un orden político justo. Como profesora, reconozco que este debate ha sustentado y les ha valido la cátedra a muchas generaciones de académicos. Como encargada de formular políticas, puedo asegurarles que estas categorías empañan la realidad. En la vida real, el poder y los valores están íntimamente entrelazados. El poder importa en la conducción de los asuntos mundiales. Las grandes potencias importan mucho, tienen la capacidad de influir en la vida de millones y cambiar la historia. También importan los valores de las grandes potencias. Si la Unión Soviética hubiera ganado la guerra fría, el mundo sería hoy muy distinto. Alemania podría parecerse a la antigua República Democrática Alemana, o América Latina a Cuba. Hoy, en todos los continentes, se advierte con más claridad un paradigma de progreso fundado en la libertad política y económica. Estados Unidos, nuestros aliados en la OTAN, nuestros vecinos del hemisferio occidental, Japón y otros amigos y aliados en Asia y Africa, todos comparten un amplio compromiso con la democracia, el estado de derecho, una economía basada en el mercado y un comercio abierto. Además, desde el 11 de septiembre, todas las grandes potencias mundiales se consideran a sí mismas en el mismo lado de una línea divisioria que separa a las fuerzas del caos y del orden, y están actuando en consecuencia. Estados Unidos y Europa han compartido por mucho tiempo un compromiso con la libertad. También comprendemos ahora que ser el objetivo de asesinos entrenados es un poderoso tónico que hace que las controversias en torno a otras cuestiones importantes aparezcan como las diferencias de política que son, en vez de choques fundamentales de valores. Estados Unidos también está cooperando con India en una gran variedad de asuntos, aun cuando trabajamos estrechamente con Pakistán. Rusia es un importante socio en la guerra contra el terror y está preparando el camino que conducirá a un futuro más democrático y con más libertad económica. Por tanto, nuestra relación continuará ampliándose y profundizándose. La aprobación del Tratado sobre Misiles Antibalísticos de 1972 y la firma del Tratado de Moscú, por el que se reducen las armas nucleares en dos terceras partes, demuestran sin lugar a duda que los días de confrontación de las fuerzas militares rusas con el Oeste han terminado. China y Estados Unidos están cooperando en cuestiones que van de la lucha contra el terror al mantenimiento de la estabilidad en la península de Corea. Al mismo tiempo, continúa la transición en China. Justo es reconocer que en algunos aspectos, sus dirigentes todavía siguen prácticas aborrecibles. Sin embargo, han dicho que su objetivo principal es elevar el nivel de vida del pueblo chino. Se darán cuenta que alcanzar ese objetivo en el mundo de hoy dependerá más del perfeccionamiento del capital humano de China que de los recursos naturales o las posesiones territoriales del país. Creemos que el aumento de la educación, la libertad de pensar y la iniciativa privada en el pueblo chino, conducirá, inevitablemente, a una mayor libertad política. No se puede esperar que la gente piense en su puesto de trabajo pero no en su casa. Esta confluencia de intereses comunes y, cada vez más, valores comunes, nos sitúa en un momento de enormes oportunidades. En vez de repetir la norma histórica de rivalidad de grandes potencias que exacerba los conflictos locales, podemos usar la cooperación de grandes potencias para resolver conflictos, del Medio Oriente a Cachemira, el Congo y más allá. La cooperación de grandes potencias también brinda una gran oportunidad a las instituciones multilaterales, como Naciones Unidas, la OTAN y la Organización Mundial del Comercio, de demostrar su valía. Este es el reto que ha lanzado el presidente a las Naciones Unidas respecto a Irak. La cooperación de grandes potencias también puede servir de base para resolver problemas que requieren soluciones multilaterales, desde el terror al medio ambiente. Para establecer un equilibrio de fuerzas que fomente la libertad también tenemos que ampliar la paz mediante la propagación de los beneficios de la libertad y la prosperidad de la forma más vasta posible. Como ha dicho el presidente, tenemos la responsabilidad de construir un mundo no sólo más seguro, sino mejor. Estados Unidos combatirá la pobreza, la enfermedad y la opresión, porque es lo que debemos hacer y porque es lo más sabio que se puede hacer. Hemos visto cómo se debilitan o fracasan estados pobres y quedan vulnerables a ser secuestradas por redes terroristas, con consecuencias potencialmente catastróficas. Asimismo, en las sociedades en las que los medios legales de disensión política están sofocados, aumenta la tentación de hablar a través de la violencia. Nos pondremos al frente de la campaña para establecer un sistema mundial de comercio creciente y más libre. Aquí, en nuestro propio hemisferio, estamos comprometidos en concretar para el 2005 el Area de Libre Comercio de las Américas. También hemos iniciado las negociaciones para un acuerdo de libre comercio con la Unión Aduanera Sudafricana. La ampliación del comercio es esencial para el desarrollo de los países pobres y el bienestar económico de todos los países. Continuaremos a la cabeza de la campaña mundial contra el VIH/SIDA, pandemia que pone a prueba nuestra humanidad y que amenaza a sociedades enteras. Trataremos de incorporar a todos los países en un creciente círculo de desarrollo. Este año el presidente propuso aumentar en 50 por ciento la asistencia de Estados Unidos al desarrollo. Al mismo tiempo dejó bien claro que el nuevo dinero supone nuevas condiciones. Los nuevos recursos solo se ofrecerán a países que se esfuercen por gobernar con justicia, invertir en la salud y educación de su pueblo y alentar la libertad económica. Sabemos por experiencia que la corrupción, las malas políticas y las malas prácticas pueden hacer que el dinero de la ayuda sea algo peor que inútil. En algunos ambientes, la ayuda respalda las malas políticas, aleja la inversión y perpetúa la miseria. En cambio, las políticas acertadas atraen capital privado y fomentan el comercio. En un ambiente normativo saludable, la ayuda para el desarrollo es un catalizador, no una muleta. El meollo de la política exterior de Estados Unidos es nuestra firme resolución de estar al lado de hombres y mujeres de todos los países que defienden lo que el presidente ha definido como las "demandas no negociables de la dignidad humana": libertad de expresión, igualdad ante la justicia, respeto a la mujer, tolerancia religiosa y límites al poder del Estado. Estos principios son universales y el presidente Bush se ha preocupado por incluirlos en discusiones en regiones en las que muchos pensaban que el mero hecho de planteralos era imprudente o imposible. Desde El Cairo a Ramala, Teherán y Tashkent, el presidente ha dejado claro que los valores deben ser parte esencial de nuestras relaciones con otros países. En nuestra ayuda para el desarrollo, nuestra diplomacia, nuestras emisiones internacionales y nuestra ayuda educativa, Estados Unidos promoverá la moderación, la tolerancia y los derechos humanos. También esperamos defender un día estas aspiraciones en un Irak libre y unificado. Rechazamos la idea condescendiente de que la libertad no puede crecer en el suelo del Medio Oriente, o que los musulmanes no comparten el deseo de ser libres. Las celebraciones que vimos en las calles de Kabul el año pasado demuestran lo contrario. Además, en un informe publicado recientemente por Naciones Unidas, un grupo de 30 intelectuales árabes reconocía que la participación plena de sus respectivos países en el progreso de nuestro tiempo exigirá más libertad económica y política, la potenciación de la mujer y más y mejor educación moderna. No tratamos de imponer la democracia a otros, sólo tratamos de ayudar a establecer las condiciones en las que la gente pueda reivindicar su derecho a un futuro más libre. Reconocemos, asimismo, que no hay una solución útil para todos. Nuestra idea del futuro no es una en la que todo el mundo consuma Big Macs y beba Coca Cola, o que cada país tenga una legislatura bicameral de 535 miembros y una judicatura que siga los principios de Marbury contra Madison. Alemania, Indonesia, Filipinas, Sudáfrica, Corea del Sur, Taiwán y Turquía demuestran que la libertad se manifiesta de distintas formas en el mundo y que las nuevas libertades pueden encontrar un lugar de honor entre tradiciones antiguas. En países como Bahrein, Jordania, Marruecos y Qatar se está realizando una reforma que se ajusta a las distintas circunstancias locales. Este año, en Afganistán, la tradicional asamblea Loya Jirga fue el medio utilizado para establecer el gobierno con más amplia representación en la historia de ese país. Nuestra historia nos ha enseñado que debemos ser pacientes, y humildes. El cambio, aun si es para bien es, con frecuencia, difícil. El progreso es a veces lento. Estados Unidos no siempre ha estado a la altura de sus propias normas. Cuando los padres de la patria dijeron "Nosotros, el pueblo", no pensaban en mí. La democracia es un trabajo duro. Después de doscientos veintiséis años todavía seguimos practicando para obrar como es debido. Tenemos los medios de forjar un siglo XXI que responda a nuestras expectativas y no a nuestros temores. Pero sólo si abordamos nuestra tarea con una idea clara y un sentido de finalidad. Sólo si no flaqueamos en nuestra firme negativa a vivir en un mundo en el que reinen el terror y el caos. Sólo si no estamos dispuestos a pasar por alto los crecientes peligros de tiranos agresivos y tecnologías mortíferas. Y sólo si somos perseverantes y pacientes en el ejercicio de nuestra influencia al servicio de nuestros ideales y no sólo de nosotros mismos.

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 Title: /  Título: Un Equilibrio de Fuerzas que Favorezca a la Libertad
 Language: /  Idioma: Spanish / Español
 Author: /  Autor: Condoleezza RICE
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Asesora del Presidente George W. Bush en Asuntos de Seguridad Nacional
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Opinion article / Artículo de opinión
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 Classic text /  Texto clásico
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Este artículo es anterior a enero de 2006, cuando se reconstruyó el servicio actual.
 
      
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