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By / Por: Josep Carles LAÍNEZ
¿Existen las snuff movies?
¿Existen? ¿Son una invención, un reclamo comercial de un producto inmerso en las profundidades de todo ser humano? ¿Son la mayor atracción de nuestra pulsión de muerte y de absoluto? ¿Quién filma snuffs, dónde y con quién?

Y la pregunta del vértigo, como el mareo de un orgasmo daimónico: ¿quién los ve, ellas o ellos, cómo son, qué edades tienen, qué hacen una vez visionados en la oscuridad de toda existencia humana, qué sienten al verlos: lo que deseamos, lo que tememos (hay diferencia)? ¿Habremos compartido cierta noche el arrebato presuroso de sus ojos en alguna calle, en algún local abandonado junto a una playa? Recluidos por algunos en el reducto de las leyendas urbanas, convencidos otros de su existencia y de lo subterráneo de su comercio, la prensa o el cine nos salpican periódicamente con viscosas referencias. En España, éramos pocos los que sabíamos de su (in)existencia antes de que Amenábar los tomara como punto central para su Tesis. Años atrás, Paul Schrader había filmado un simulacro para Hardcore y, recientemente, 8 mm. de Joel Schumacher mostraba la descomposición de un policía al penetrar en este submundo. Es decir, el snuff, más que en un género cinematográfico, se ha convertido en un tópico literario. Además, desde las privilegiadas butacas de Europa nos podemos permitir ese lujo de esbozar una sonrisa complaciente y regirnos por la hipótesis de los expertos: son una ficción. ¿Acaso no se ofreció una recompensa a quien mostrara un snuff y no apareció nadie? ¿Alguien conoce a un testigo directo de una proyección? La investigadora francesa Sarah Finger, en su excelente libro La mort en direct: Snuff movies (de próxima aparición en español en la editorial Palmart) pasa revista a todas las películas realizadas por asesinos en serie, sin poder aislar un solo caso en que las pruebas y las pesquisas concluyeran en una comercialización del producto, condición sine qua non para la existencia de estos filmes. Pero nunca puede borrarse de un plumazo lo que es ya un mito en la sociedad occidental. En Ciudad Juárez, localidad del Estado mexicano de Chihuahua, han sido asesinadas 300 mujeres y otras 500 han desaparecido desde 1993. La movilización ciudadana (a pesar de la oposición de la policía, según la asociación "Nuestras Hijas de Regreso a Casa") ha conseguido que el FBI se haga cargo de la investigación. Ciudad Juárez, al igual que la también norteña y fronteriza Tijuana, responde a las peculiaridades inherentes a un trazado urbano inexistente en el límite entre dos mundos contrapuestos. El Norte de México es también el territorio donde establecen sus fábricas diversas multinacionales estadounidenses, en busca de mano de obra barata. Numerosas muchachas han de trabajar, a cualquier hora del día, en tales lugares, lo que se traduce en el deambular continuo de "carne fresca" por barrios marginales. Evidentemente, una de las líneas de investigación abiertas por la policía ha sido la de los snuff. ¿A quién no le habrá seducido la idea de que el motivo de las muertes fuera ése? O, dicho de otro modo, ¿puede ser algo más verosímil: chicas que desaparecen, a quien nadie va a reclamar, con una mismas características físicas? En un lugar donde se mata alegremente, ¿qué condena moral va a tener intentar sacar mayor beneficio de un material rápidamente consumible? De momento, no hay ninguna prueba al respecto, aunque sí la imaginación de periodistas sobre la causa de esta ola de muertes violentas con móvil sexual. Sin embargo, con independencia de las conclusiones a las que se llegue, lo cierto es que nadie ha reconocido nunca haber visto un snuff, nadie sabe lo que es, todos nos lo imaginamos atendiendo a unos supuestos (clandestinidad, escasa iluminación, ausencia de atrezzo o escenografía, localización en interiores...), pero hablamos, a pesar de todas las ideas, de una entelequia. En este sentido, el snuff es como la lengua indoeuropea o el teatro perdido de Julio César, si bien con el componente añadido del sexo como transgresión que nos seduce igual que un precipicio en la bahía. Lo curioso de este tema –o lo llamativo– es, además, que todo el mundo opina, claro ejemplo de que lo que estamos tratando nos sacude a todos en nuestro interior. Si toda práctica sadomasoquista trae aparejada (por necesidad o se es un incauto), la reflexión sobre los límites de las pieles, sobre el placer o el dolor inseparables, alternando en el conocimiento igual que se alterna en el rol, ¿no sentirá la especie humana occidental atracción por el snuff de la misma manera, intercambiando el papel en todo momento? No sólo, en el macho, pensando en la culminación de la violación –el asesinato– como dominio absoluto sobre un cuerpo que ha hecho suyo, sino también, y éste sería el punto de inflexión más radical, como protagonista mismo de un snuff, como exhibidor de su gozo máximo al saber que más allá de él no hay nada. Del snuff seduce, sobre todas las cosas, su ultrarrealidad. Está más allá de lo real al trascender la vida y dar constancia de la muerte en el momento justo, o no, de esa petite mort de gozo y aniquilamiento. Exactamente como el rostro de Johnny Depp cuando, en The Brave, se le cierran las puertas al mundo y se le abren al mito. Su muerte como espectáculo, como dedicación a los otros, como ofrenda para nada. ¿Hay algún amor más precioso que el ofrecido a quien nos destruye?

Article File / Ficha del Artículo
 Title: /  Título: ¿Existen las snuff movies?
 Language: /  Idioma: Spanish / Español
 Author: /  Autor: Josep Carles LAÍNEZ
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Opinion article / Artículo de opinión
 Category: /  Categoría:
 Classic text /  Texto clásico
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Este artículo es anterior a enero de 2006, cuando se reconstruyó el servicio actual.
 
      
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