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By / Por: JUAN PABLO II
Carta de Juan Pablo II a los sacerdotes para el Jueves Santo de 2002
Trata el tema de los abusos sexuales de sacerdotes.

Queridos Sacerdotes: 1. Como es tradici贸n, me dirijo a vosotros el d铆a de Jueves Santo, conmovido, como si me sentara a vuestro lado en aquella mesa del Cen谩culo en la que el Se帽or Jes煤s celebr贸 con los Ap贸stoles la primera Eucarist铆a: un don para toda la Iglesia, un don que, si bien bajo el signo sacramental, lo hace presente "verdadera, real y sustancialmente" (Concilio de Trento: DS 1651) en cada uno de los Sagrarios de todo el mundo. Ante esta presencia especial, la Iglesia se postra de siempre en adoraci贸n: "Adoro te devote, latens Deitas"; de siempre se deja llevar por la elevaci贸n espiritual de los Santos y, como Esposa, se recoge en 铆ntima efusi贸n de fe y de amor: "Ave, verum corpus natum de Maria Virgine". Al don de esta presencia especial, que se renueva en su supremo acto sacrificial y lo convierte en alimento para nosotros, Jes煤s uni贸, precisamente en el Cen谩culo, una tarea espec铆fica de los Ap贸stoles y de sus sucesores. Desde entonces, ser ap贸stol de Cristo, como son los Obispos y los presb铆teros que participan de su misi贸n, significa estar autorizados a actuar in persona Christi Capitis. Esto ocurre sobre todo cada vez que se celebra el banquete sacrificial del cuerpo y la sangre del Se帽or. Entonces, es como si el sacerdote prestara a Cristo el rostro y la voz: "Haced esto en conmemoraci贸n m铆a" (Lc 22, 19). 隆Qu茅 vocaci贸n tan maravillosa la nuestra, mis queridos Hermanos sacerdotes! Verdaderamente podemos repetir con el Salmista: "驴C贸mo pagar茅 al Se帽or todo el bien que me ha hecho? Alzar茅 la copa de la salvaci贸n, invocando su nombre" (Sal 116, 12-13). 2. Al meditar de nuevo con gozo sobre este gran don, quisiera detenerme en un aspecto de nuestra misi贸n, sobre el cual llam茅 vuestra atenci贸n ya el a帽o pasado en esta misma circunstancia. Creo que merece la pena profundizar m谩s sobre 茅l. Me refiero a la misi贸n que el Se帽or nos ha dado de representarle, no s贸lo en el Sacrificio eucar铆stico, sino tambi茅n en el sacramento de la Reconciliaci贸n. Hay una 铆ntima conexi贸n entre los dos sacramentos. La Eucarist铆a, cumbre de la econom铆a sacramental, es tambi茅n su fuente: en cierto sentido, todos los sacramentos provienen y conducen a ella. Esto vale de modo especial para el Sacramento destinado a "mediar" el perd贸n de Dios, el cual acoge de nuevo entre sus brazos al pecador arrepentido. En efecto, es verdad que la Eucarist铆a, en cuanto representaci贸n del Sacrificio de Cristo, tiene tambi茅n la misi贸n de rescatarnos del pecado. A este prop贸sito, el Catecismo de la Iglesia Cat贸lica nos recuerda que "la Eucarist铆a no puede unirnos a Cristo sin purificarnos al mismo tiempo de los pecados cometidos y preservarnos de futuros pecados" (n. 1393). Sin embargo, en la econom铆a de gracia elegida por Cristo, esta energ铆a purificadora, si bien obtiene directamente la purificaci贸n de los pecados veniales, s贸lo indirectamente incide sobre los pecados mortales, que trastornan de manera radical la relaci贸n del fiel con Dios y su comuni贸n con la Iglesia. "La Eucarist铆a - dice tambi茅n el Catecismo - no est谩 ordenada al perd贸n de los pecados mortales. Esto es propio del sacramento de la Reconciliaci贸n. Lo propio de la Eucarist铆a es ser el sacramento de los que est谩n en la plena comuni贸n con la Iglesia" (n. 1395). Reiterando esta verdad, la Iglesia no quiere ciertamente infravalorar el papel de la Eucarist铆a. Lo que intenta es acoger su significado dentro de la econom铆a sacramental en su conjunto, tal como ha sido dise帽ada por la sabidur铆a salvadora de Dios. Por lo dem谩s, es la l铆nea indicada perentoriamente por el Ap贸stol, al dirigirse as铆 a los Corintios: "Quien coma el pan o beba la copa del Se帽or indignamente, ser谩 reo del Cuerpo y de la Sangre del Se帽or.Exam铆nese, pues, cada cual, y coma as铆 el pan y beba de la copa.Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo" (1 Co 11, 27-29). En la perspectiva de esta advertencia paulina se sit煤a el principio seg煤n el cual "quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliaci贸n antes de acercarse a comulgar" (Catecismo de la Iglesia Cat贸lica, n. 1385). 3. Al recordar esta verdad, siento el deseo, mis queridos Hermanos en el sacerdocio, de invitaros ardientemente, como ya lo hice el a帽o pasado, a redescubrir personalmente y a hacer redescubrir la belleza del sacramento de la Reconciliaci贸n. 脡ste, por diversos motivos, pasa desde hace algunos decenios por una cierta crisis, a la que me he referido m谩s de una vez, queriendo incluso que un S铆nodo de Obispos reflexionara sobre ella y recogiendo despu茅s sus indicaciones en la Exhortaci贸n apost贸lica Reconciliatio et poenitentia. Por otro lado, he de recordar con profundo gozo las se帽ales positivas que, especialmente en el A帽o jubilar, han puesto de manifiesto c贸mo este Sacramento, presentado y celebrado adecuadamente, puede ser redescubierto tambi茅n por los j贸venes. Indudablemente, dicho redescubrimiento se ve favorecido por la exigencia de comunicaci贸n personal, hoy cada vez m谩s dif铆cil por el ritmo fren茅tico de la sociedad tecnol贸gica pero, precisamente por ello, sentida a煤n m谩s como una necesidad vital. Es verdad que se puede atender a esta necesidad de diversas maneras. Pero, 驴c贸mo no reconocer que el sacramento de la Reconciliaci贸n, aunque sin confundirse con las diversas terapias de tipo psicol贸gico, ofrece tambi茅n, casi de manera desbordante, una respuesta significativa a esta exigencia? Lo hace poniendo al penitente en relaci贸n con el coraz贸n misericordioso de Dios a trav茅s del rostro amigo de un hermano. S铆, verdaderamente es grande la sabidur铆a de Dios, que con la instituci贸n de este Sacramento ha atendido tambi茅n una necesidad profunda e ineludible del coraz贸n humano. De esta sabidur铆a debemos ser l煤cidos y afables int茅rpretes mediante el contacto personal que estamos llamados a establecer con muchos hermanos y hermanas en la celebraci贸n de la Penitencia. A este prop贸sito, deseo reiterar que la celebraci贸n personal es la forma ordinaria de administrar este Sacramento, y que s贸lo en "casos de grave necesidad" es leg铆timo recurrir a la forma comunitaria con confesi贸n y absoluci贸n colectiva. Las condiciones requeridas para esta forma de absoluci贸n son bien conocidas, recordando en todo caso que nunca se dispensa de la confesi贸n individual sucesiva de los pecados graves, que los fieles han de comprometerse a hacer para que sea v谩lida la absoluci贸n (cf. ib铆d., 1483). 4. Redescubramos con alegr铆a y confianza este Sacramento. Viv谩moslo ante todo para nosotros mismos, como una exigencia profunda y una gracia siempre deseada, para dar renovado vigor e impulso a nuestro camino de santidad y a nuestro ministerio. Al mismo tiempo, esforc茅monos en ser aut茅nticos ministros de la misericordia. En efecto, sabemos que en este Sacramento, como en todos los dem谩s, a la vez que testimoniamos una gracia que viene de lo alto y obra por virtud propia, estamos llamados a ser instrumentos activos de la misma. En otras palabras - y eso nos llena de responsabilidad - Dios cuenta tambi茅n con nosotros, con nuestra disponibilidad y fidelidad, para hacer prodigios en los corazones. Tal vez m谩s que en otros, en la celebraci贸n de este Sacramento es importante que los fieles tengan una experiencia viva del rostro de Cristo Buen Pastor. Permitidme, pues, que me detenga con vosotros sobre este tema, como asom谩ndome a los lugares en que cada d铆a -en las Catedrales, en las Parroquias, en los Santuarios o en otro lugar- os hac茅is cargo de la administraci贸n de este Sacramento. Vienen a la mente las p谩ginas evang茅licas que nos presentan m谩s directamente el rostro misericordioso de Dios. 驴C贸mo no pensar en el encuentro conmovedor del hijo pr贸digo con el Padre misericordioso?驴O en la imagen de la oveja perdida y hallada, que el Pastor toma sobre sus hombros lleno de gozo? El abrazo del Padre, la alegr铆a del Buen Pastor, ha de encontrar un testimonio en cada uno de nosotros, queridos Hermanos, en el momento en que se nos pide ser ministros del perd贸n para un penitente. Para ilustrar a煤n mejor algunas dimensiones espec铆ficas de este especial铆simo coloquio de salvaci贸n que es la confesi贸n sacramental, quisiera proponer hoy como "icono b铆blico" el encuentro de Jes煤s con Zaqueo (cf. Lc 19, 1-10).En efecto, me parece que lo que ocurre entre Jes煤s y el "jefe de publicanos" de Jeric贸 se asemeja a ciertos aspectos de una celebraci贸n del Sacramento de la misericordia. Siguiendo este relato breve, pero tan intenso, queremos descubrir en las actitudes y en la voz de Cristo todos aquellos matices de sabidur铆a humana y sobrenatural que tambi茅n nosotros hemos de intentar expresar para que el Sacramento sea vivido en el mejor de los modos. 5.Como sabemos, el relato presenta el encuentro entre Jes煤s y Zaqueo casi como un hecho casual. Jes煤s entra en Jeric贸 y lo recorre acompa帽ado por la muchedumbre (cf. Lc 19, 3). Zaqueo parece impulsado s贸lo por la curiosidad al encaramarse sobre el sic贸moro. A veces, el encuentro de Dios con el hombre tiene tambi茅n la apariencia de la casualidad. Pero nada es "casual" por parte de Dios. Al estar en realidades pastorales muy diversas, a veces puede desanimarnos y desmotivarnos el hecho que no s贸lo muchos cristianos no hagan el debido caso a la vida sacramental, sino que, a menudo, se acerquen a los Sacramentos de modo superficial. Quien tiene experiencia de confesar, de c贸mo se llega a este Sacramento en la vida habitual, puede quedar a veces desconcertado ante el hecho de que algunos fieles van a confesarse sin ni siquiera saber bien lo que quieren. Para algunos de ellos, la decisi贸n de ir a confesarse puede estar determinada s贸lo por la necesidad de ser escuchados. Para otros, por la exigencia de recibir un consejo. Para otros, incluso, por la necesidad psicol贸gica de librarse de la opresi贸n del "sentido de culpa". Muchos sienten la necesidad aut茅ntica de restablecer una relaci贸n con Dios, pero se confiesan sin tomar conciencia suficientemente de los compromisos que se derivan, o tal vez haciendo un examen de conciencia muy simple a causa de una falta de formaci贸n sobre las implicaciones de una vida moral inspirada en el Evangelio. 驴Qu茅 confesor no ha tenido esta experiencia? Ahora bien, 茅ste es precisamente el caso de Zaqueo. Todo lo que le sucede es asombroso. Si en un determinado momento no se hubiera producido la "sorpresa" de la mirada de Cristo, quiz谩s hubiera permanecido como un espectador mudo de su paso por las calles de Jeric贸. Jes煤s habr铆a pasado al lado, pero no dentro de su vida. 脡l mismo no sospechaba que la curiosidad, que lo llev贸 a un gesto tan singular, era ya fruto de una misericordia previa, que lo atra铆a y pronto le transformar铆a en lo 铆ntimo del coraz贸n. Mis queridos Sacerdotes: pensando en muchos de nuestros penitentes, releamos la estupenda indicaci贸n de Lucas sobre la actitud de Cristo: "cuando Jes煤s lleg贸 a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: "Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa"" (Lc 19, 5).Cada encuentro con un fiel que nos pide confesarse, aunque sea de modo un tanto superficial por no estar motivado y preparado adecuadamente, puede ser siempre, por la gracia sorprendente de Dios, aquel "lugar" cerca del sic贸moro en el cual Cristo levant贸 los ojos hacia Zaqueo. Para nosotros es imposible valorar cu谩nto haya penetrado la mirada de Cristo en el alma del publicano de Jeric贸.Sabemos, sin embargo, que aquellos ojos son los mismos que se fijan en cada uno de nuestros penitentes. En el sacramento de la Reconciliaci贸n, nosotros somos instrumentos de un encuentro sobrenatural con sus propias leyes, que solamente debemos seguir y respetar. Para Zaqueo debi贸 ser una experiencia sobrecogedora o铆r que le llamaban por su nombre. Era un nombre que, para muchos paisanos suyos, estaba cargado de desprecio.Ahora 茅l lo oye pronunciar con un acento de ternura, que no s贸lo expresaba confianza sino tambi茅n familiaridad y un apremiante deseo ganarse su amistad. S铆, Jes煤s habla a Zaqueo como a un amigo de toda la vida, tal vez olvidado, pero sin haber por ello renegado de su fidelidad, y entra as铆 con la dulce fuerza del afecto en la vida y en la casa del amigo encontrado de nuevo: "baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa" (Lc 19, 5). 6. Impacta el tono del lenguaje en el relato de Lucas: 隆todo es tan personalizado, tan delicado, tan afectuoso! No se trata s贸lo de rasgos conmovedores de humanidad. Dentro de este texto hay una urgencia intr铆nseca, que Jes煤s expresa como revelaci贸n definitiva de la misericordia de Dios. Dice: "debo quedarme en tu casa" o, para traducir a煤n m谩s literalmente: "es necesario para m铆 quedarme en tu casa" (Lc 19, 5). Siguiendo el misterioso sendero que el Padre le ha indicado, Jes煤s ha encontrado en su camino tambi茅n a Zaqueo. Se entretiene con 茅l como si fuera un encuentro previsto desde el principio. La casa de este pecador est谩 a punto de convertirse, a pesar de tantas murmuraciones de la humana mezquindad, en un lugar de revelaci贸n, en el escenario de un milagro de la misericordia. Ciertamente, esto no suceder谩 si Zaqueo no libera su coraz贸n de los lazos del ego铆smo y de las ataduras de la injusticia cometida con el fraude. Pero la misericordia ya le ha llegado como ofrecimiento gratuito y desbordante. 隆La misericordia le ha precedido! Esto es lo que sucede en todo encuentro sacramental. No pensemos que es el pecador, con su camino aut贸nomo de conversi贸n, quien se gana la misericordia. Al contrario, es la misericordia lo que le impulsa hacia el camino de la conversi贸n. El hombre no puede nada por s铆 mismo. Y nada merece. La confesi贸n, antes que un camino del hombre hacia Dios, es un visita de Dios a la casa del hombre. As铆 pues, podremos encontrarnos en cada confesi贸n ante los m谩s diversos tipos de personas. Pero hemos de estar convencidos de una cosa: antes de nuestra invitaci贸n, e incluso antes de nuestras palabras sacramentales, los hermanos que solicitan nuestro ministerio est谩n ya arropados por una misericordia que act煤a en ellos desde dentro. Ojal谩 que por nuestras palabras y nuestro 谩nimo de pastores, siempre atentos a cada persona, capaces tambi茅n de intuir sus problemas y acompa帽arles en el camino con delicadeza, transmiti茅ndoles confianza en la bondad de Dios, lleguemos a ser colaboradores de la misericordia que acoge y del amor que salva. 7. "Debo quedarme en tu casa". Intentemos penetrar m谩s profundamente a煤n en estas palabras. Son una proclamaci贸n. Antes a煤n de indicar una decisi贸n de Cristo, proclaman la voluntad del Padre. Jes煤s se presenta como quien ha recibido un mandato preciso. 脡l mismo tiene una "ley" que observar: la voluntad del Padre, que 脡l cumple con amor, hasta el punto de hacer de ello su "alimento" (cf. Jn 4, 34). Las palabras con las que Jes煤s se dirige a Zaqueo no son solamente un modo de establecer una relaci贸n, sino el anuncio de un designio de Dios. El encuentro se produce en la perspectiva de la Palabra de Dios, que tiene su perfecta expresi贸n en la Palabra y el Rostro de Cristo. 脡ste es tambi茅n el principio necesario de todo aut茅ntico encuentro para la celebraci贸n de la Penitencia. Qu茅 l谩stima si todo se redujera a un mero proceso comunicativo humano. La atenci贸n a las leyes de la comunicaci贸n humana puede ser 煤til y no deben descuidarse, pero todo se ha fundar en la Palabra de Dios. Por eso el rito del Sacramento prev茅 que se proclame tambi茅n al penitente esta Palabra. Aunque no sea f谩cil ponerlo en pr谩ctica, 茅ste es un detalle que no se ha de infravalorar. Los confesores experimentan continuamente lo dif铆cil que es ilustrar las exigencias de esta Palabra a quien s贸lo la conoce superficialmente. Es cierto que el momento en que se celebra el Sacramento no es el m谩s apto para cubrir esta laguna. Es preciso que esto se haga, con sabidur铆a pastoral, en la fase de preparaci贸n anterior, ofreciendo las indicaciones fundamentales que permitan a cada uno confrontarse con la verdad del Evangelio. En todo caso, el confesor no dejar谩 de aprovechar el encuentro sacramental para intentar que el penitente vislumbre de alg煤n modo la condescendencia misericordiosa de Dios, que le tiende su mano no para castigarlo, sino para salvarlo. Por lo dem谩s, 驴c贸mo ocultar las dificultades objetivas que crea la cultura dominante en nuestro tiempo a este respecto? Tambi茅n los cristianos maduros encuentran en ella un obst谩culo en su esfuerzo por sintonizar con los mandamientos de Dios y con las orientaciones expresadas por el magisterio de la Iglesia, sobre la base de los mandamientos. 脡ste es el caso de muchos problemas de 茅tica sexual y familiar, de bio茅tica, de moral profesional y social, pero tambi茅n de problemas relativos a los deberes relacionados con la pr谩ctica religiosa y con la participaci贸n en la vida eclesial. Por eso se requiere una labor catequ茅tica que no puede recaer sobre el confesor en el momento de administrar el Sacramento. Esto deber铆a intentarse m谩s bien tom谩ndolo como tema de profundizaci贸n en la preparaci贸n a la confesi贸n. En este sentido, pueden ser de gran ayuda las celebraciones penitenciales preparadas de manera comunitaria y que concluyen con la confesi贸n individual. Para perfilar bien todo esto, el "icono b铆blico" de Zaqueo ofrece tambi茅n una indicaci贸n importante. En el Sacramento, antes de encontrarse con "los mandamientos de Dios", se encuentra, en Jes煤s, con "el Dios de los mandamientos". Jes煤s mismo es quien se presenta a Zaqueo: "me he de quedar en tu casa". 脡l es el don para Zaqueo y, al mismo tiempo, la "ley de Dios" para Zaqueo. Cuando se encuentra a Jes煤s como un don, hasta el aspecto m谩s exigente de la ley adquiere la "suavidad" propia de la gracia, seg煤n la din谩mica sobrenatural que hizo decir a Pablo: "si sois conducidos por el Esp铆ritu, no est谩is bajo la ley" (Ga 5, 18).Toda celebraci贸n de la penitencia deber铆a suscitar en el 谩nimo del penitente el mismo sobresalto de alegr铆a que las palabras de Cristo provocaron en Zaqueo, el cual "se apresur贸 a bajar y le recibi贸 con alegr铆a" (Lc19, 6). 8. La precedencia y superabundancia de la misericordia no debe hacer olvidar, sin embargo, que 茅sta es s贸lo el presupuesto de la salvaci贸n, que se consuma en la medida en que encuentra respuesta por parte del ser humano. En efecto, el perd贸n concedido en el sacramento de la Reconciliaci贸n no es un acto exterior, una especie de "indulto" jur铆dico, sino un encuentro aut茅ntico y real del penitente con Dios, que restablece la relaci贸n de amistad quebrantada por el pecado. La "verdad" de esta relaci贸n exige que el hombre acoja el abrazo misericordioso de Dios, superando toda resistencia causada por el pecado. Esto es lo que ocurre en Zaqueo. Al sentirse tratado como "hijo", comienza a pensar y a comportarse como un hijo, y lo demuestra redescubriendo a los hermanos. Bajo la mirada amorosa de Cristo, su coraz贸n se abre al amor del pr贸jimo. De una actitud cerrada, que lo hab铆a llevado a enriquecerse sin preocuparse del sufrimiento ajeno, pasa a una actitud de compartir que se expresa en una distribuci贸n real y efectiva de su patrimonio: "la mitad de los bienes" a los pobres. La injusticia cometida con el fraude contra los hermanos es reparada con una restituci贸n cuadruplicada: "Y si en algo defraud茅 a alguien, le devolver茅 el cu谩druplo" (Lc 19, 8). S贸lo llegados a este punto el amor de Dios alcanza su objetivo y se verifica la salvaci贸n: "Hoy ha llegado la salvaci贸n a esta casa" (Lc 19, 9). Este camino de la salvaci贸n, expresado de un modo tan claro en el episodio de Zaqueo, ha de ofrecernos, queridos Sacerdotes, la orientaci贸n para desempe帽ar con sabio equilibrio pastoral nuestra dif铆cil tarea en el ministerio de la confesi贸n. 脡ste sufre continuamente la fuerza contrastante de dos excesos: el rigorismo y el laxismo. El primero no tiene en cuenta la primera parte del episodio de Zaqueo: la misericordia previa, que impulsa a la conversi贸n y valora tambi茅n hasta los m谩s peque帽os progresos en el amor, porque el Padre quiere hacer lo imposible para salvar al hijo perdido. "Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 19, 10). El segundo exceso, el laxismo, no tiene en cuenta el hecho de que la salvaci贸n plena, la que no solamente se ofrece sino que se recibe, la que verdaderamente sana y reaviva, implica una verdadera conversi贸n a las exigencias del amor de Dios. Si Zaqueo hubiera acogido al Se帽or en su casa sin llegar a una actitud de apertura al amor, a la reparaci贸n del mal cometido, a un prop贸sito firme de vida nueva, no habr铆a recibido en lo m谩s profundo de su ser el perd贸n que el Se帽or le hab铆a ofrecido con tanta premura. Hay que estar siempre atentos a mantener el justo equilibrio para no incurrir en ninguno de estos dos extremos. El rigorismo oprime y aleja. El laxismo desorienta y crea falsas ilusiones. El ministro del perd贸n, que encarna para el penitente el rostro del Buen Pastor, debe expresar de igual manera la misericordia previa y el perd贸n sanador y pacificador. Bas谩ndose en estos principios, el sacerdote est谩 llamado a discernir, en el di谩logo con el penitente, si 茅ste est谩 preparado para la absoluci贸n sacramental. Ciertamente, lo delicado del encuentro con las almas en un momento tan 铆ntimo y a menudo atormentado, impone mucha discreci贸n. Si no consta lo contrario, el sacerdote ha de suponer que, al confesar los pecados, el penitente siente verdadero dolor por ellos, con el consiguiente prop贸sito de enmendarse. 脡sta suposici贸n tendr谩 un fundamento ulterior si la pastoral de la reconciliaci贸n sacramental ha sabido preparar subsidios oportunos, facilitando momentos de preparaci贸n al Sacramento que ayuden cada uno a madurar en s铆 una suficiente conciencia de lo que viene a pedir. No obstante, est谩 claro que si hubiera evidencia de lo contrario, el confesor tiene el deber de decir al penitente que todav铆a no est谩 preparado para la absoluci贸n. Si 茅sta se diera a quien declara expl铆citamente que no quiere enmendarse, el rito se reducir铆a a pura quimera, ser铆a incluso como un acto casi m谩gico, capaz quiz谩s de suscitar una apariencia de paz, pero ciertamente no la paz profunda de la conciencia, garantizada por el abrazo de Dios. 9. A la luz de lo dicho, se ve tambi茅n mejor por qu茅 el encuentro personal entre el confesor y el penitente es la forma ordinaria de la reconciliaci贸n sacramental, mientras que la modalidad de la absoluci贸n colectiva tiene un car谩cter excepcional. Como es sabido, la praxis de la Iglesia ha llegado gradualmente a la celebraci贸n privada de la penitencia, despu茅s de siglos en que predomin贸 la f贸rmula de la penitencia p煤blica. Este desarrollo no s贸lo no ha cambiado la sustancia del Sacramento -y no pod铆a ser de otro modo- sino que ha profundizado en su expresi贸n y en su eficacia. Todo ello no se ha verificado sin la asistencia del Esp铆ritu, que tambi茅n en esto ha desarrollado la tarea de llevar la Iglesia "hasta la verdad completa" (Jn 16, 13). En efecto, la forma ordinaria de la Reconciliaci贸n no s贸lo expresa bien la verdad de la misericordia divina y el consiguiente perd贸n, sino que ilumina la verdad misma del hombre en uno de sus aspectos fundamentales: la originalidad de cada persona que, aun viviendo en un ambiente relacional y comunitario, jam谩s se deja reducir a la condici贸n de una masa informe. Esto explica el eco profundo que suscita en el 谩nimo el sentirse llamar por el nombre. Saberse conocidos y acogidos como somos, con nuestras caracter铆sticas m谩s personales, nos hace sentirnos realmente vivos. La pastoral misma deber铆a tener en mayor consideraci贸n este aspecto para equilibrar sabiamente los momentos comunitarios en que se destaca la comuni贸n eclesial, y aquellos en que se atiende a las exigencias de la persona individualmente. Por lo general, las personas esperan que se las reconozca y se las siga, y precisamente a trav茅s de esta cercan铆a sienten m谩s fuerte el amor de Dios. En esta perspectiva, el sacramento de la Reconciliaci贸n se presenta como uno de los itinerarios privilegiados de esta pedagog铆a de la persona. En 茅l, el Buen Pastor, mediante el rostro y la voz del sacerdote, se hace cercano a cada uno, para entablar con 茅l un di谩logo personal hecho de escucha, de consejo, de consuelo y de perd贸n. El amor de Dios es tal que, sin descuidar a los otros, sabe concentrarse en cada uno. Quien recibe la absoluci贸n sacramental ha de poder sentir el calor de esta solicitud personal. Tiene que experimentar la intensidad del abrazo paternal ofrecido al hijo pr贸digo: "Se ech贸 a su cuello y le bes贸 efusivamente" (Lc 15, 20). Debe poder escuchar la voz c谩lida de amistad que lleg贸 al publicano Zaqueo llam谩ndole por su nombre a una vida nueva (cf. Lc 19, 5). 10. De aqu铆 se deriva tambi茅n la necesidad de una adecuada preparaci贸n del confesor a la celebraci贸n de este Sacramento. 脡sta debe desarrollarse de tal modo que haga brillar, incluso en las formas externas de la celebraci贸n, su dignidad de acto lit煤rgico, seg煤n las normas indicadas por el Ritual de la Penitencia. Eso no excluye la posibilidad de adaptaciones pastorales dictadas por las circunstancias donde se viera su necesidad por verdaderas exigencias de la condici贸n del penitente, a la luz del principio cl谩sico seg煤n el cual la salus animarum es la suprema lex de la Iglesia. Dej茅monos guiar en esto por la sabidur铆a de los Santos. Actuemos tambi茅n con valent铆a en proponer la confesi贸n a los j贸venes. Estemos en medio de ellos haci茅ndonos sus amigos y padres, confidentes y confesores. Necesitan encontrar en nosotros las dos figuras, las dos dimensiones. Sintamos la exigencia rigurosa de estar realmente al d铆a en nuestra formaci贸n teol贸gica, sobre todo teniendo en cuenta los nuevos desaf铆os 茅ticos y siendo siempre fieles al discernimiento del magisterio de la Iglesia. A veces sucede que los fieles, a prop贸sito de ciertas cuestiones 茅ticas de actualidad, salen de la confesi贸n con ideas bastante confusas, en parte porque tampoco encuentran en los confesores la misma l铆nea de juicio. En realidad, quienes ejercen en nombre de Dios y de la Iglesia este delicado ministerio tienen el preciso deber de no cultivar, y menos a煤n manifestar en el momento de la confesi贸n, valoraciones personales no conformes con lo que la Iglesia ense帽a y proclama. No se puede confundir con el amor el faltar a la verdad por un malentendido sentido de comprensi贸n. No tenemos la facultad de expresar criterios reductivos a nuestro arbitrio, incluso con la mejor intenci贸n. Nuestro cometido es el de ser testigos de Dios, haci茅ndonos int茅rpretes de una misericordia que salva y se manifiesta tambi茅n como juicio sobre el pecado de los hombres. "No todo el que me diga: "Se帽or, Se帽or", entrar谩 en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial" (Mt 7, 21). 11. Queridos Sacerdotes. Sentidme particularmente cercano a vosotros mientras os reun铆s en torno a vuestros Obispos en este Jueves Santo del a帽o 2002.Todos hemos vivido un renovado impulso eclesial en el alba del nuevo milenio bajo la consigna de "caminar desde Cristo" (cf. Novo millennio ineunte, 29 ss.). Fue deseo de todos que eso coincidiera con una nueva era de fraternidad y de paz para la humanidad entera. En cambio, hemos visto correr nueva sangre. Hemos sido a煤n testigos de guerras. Sentimos con angustia la tragedia de la divisi贸n y el odio que devastan las relaciones entre los pueblos. Adem谩s, en cuanto sacerdotes, nos sentimos en estos momentos personalmente conmovidos en lo m谩s 铆ntimo por los pecados de algunos hermanos nuestros que han traicionado la gracia recibida con la Ordenaci贸n, cediendo incluso a las peores manifestaciones del mysterium iniquitatis que act煤a en el mundo. Se provocan as铆 esc谩ndalos graves, que llegan a crear un clima denso de sospechas sobre todos los dem谩s sacerdotes benem茅ritos, que ejercen su ministerio con honestidad y coherencia, y a veces con caridad heroica. Mientras la Iglesia expresa su propia solicitud por las v铆ctimas y se esfuerza por responder con justicia y verdad a cada situaci贸n penosa, todos nosotros -conscientes de la debilidad humana, pero confiando en el poder salvador de la gracia divina- estamos llamados a abrazar el mysterium Crucis y a comprometernos a煤n m谩s en la b煤squeda de la santidad. Hemos de orar para que Dios, en su providencia, suscite en los corazones un generoso y renovado impulso de ese ideal de total entrega a Cristo que est谩 en la base del ministerio sacerdotal. Es precisamente la fe en Cristo la que nos da fuerza para mirar con confianza el futuro. En efecto, sabemos que el mal est谩 siempre en el coraz贸n del hombre y s贸lo cuando el hombre se acerca a Cristo y se deja "conquistar" por 脡l, es capaz de irradiar paz y amor en torno a s铆. Como ministros de la Eucarist铆a y de la Reconciliaci贸n sacramental, a nosotros nos compete de manera muy especial la tarea de difundir en el mundo esperanza, bondad y paz. Os deseo que viv谩is en la paz del coraz贸n, en profunda comuni贸n entre vosotros, con el Obispo y con vuestras comunidades, este d铆a santo en que recordamos, con la instituci贸n de la Eucarist铆a, nuestro "nacimiento" sacerdotal. Con las palabras dirigidas por Cristo a los Ap贸stoles en el Cen谩culo despu茅s de la Resurrecci贸n, e invocando a la Virgen Mar铆a, Regina Apostolorum y Regina pacis, os acojo a todos en un abrazo fraterno: Paz, paz a todos y a cada uno de vosotros.隆Feliz Pascua! Vaticano, 17 de marzo, V Domingo de Cuaresma de 2002, vig茅simo cuarto de mi Pontificado. JUAN PABLO II

Article File / Ficha del Artículo
 Title: /  Título: Carta de Juan Pablo II a los sacerdotes para el Jueves Santo de 2002
 Language: /  Idioma: Spanish / Espa帽ol
 Author: /  Autor: JUAN PABLO II
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Papa.
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 Tipo de texto:
Opinion article / Art铆culo de opini贸n
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 Classic text /  Texto clásico
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